Papá, quiero ser powerlifter

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Yo antes era una persona normal, que vivía en un contexto normal y hacía cosas normales. Mi vida era más o menos sencilla y no aspiraba a muchos bienes materiales. Estudiaba, trabajaba, quedaba con mis amiguis, jugaba con mi apestosa cobaya y de vez en cuando iba al gimnasio a hacer actividades dirigidas súper diver a la par que súper lesivas como Body Pump, como cualquier hijx de vecinx que intenta hacer algo de ejercicio.

Años después, y tras haber pasado una buena temporada sin pisar un tete-centro porque me lesioné (ya os había avisado) y porque acabé hasta la coronilla del cutrerío del gimnasio que había frecuentado en el pasado, de repente todo cambió. No ocurrió como suele pasar en las películas. Vamos, que no vi ninguna luz, ni tampoco se abrieron los cielos y se me mostró el Altísimo. Todo ocurrió de una forma menos rebuscada: me apunté al gimnasio al que iba mi chico. «Meh», me dije. «Mejor eso que no hacer nada».

Aquí, con el responsable de mi nueva afición. Aquí, con el responsable de mi nueva afición.

Allí, poco a poco, y a pesar de los chimpancés que desde entonces tendría que sortear/aguantar, esta chica encontraría una nueva afición, hobby o divertimento: el powerlifting. Qué bonito se volvió todo de repente. El sol lucía cada mañana (excepto los días en los que me levantaba para entrenar antes del curro y aún era de noche), los pájaros cantaban y hasta Pushkus parecía que sonreía. Qué bien sonaba aquello, «oye, que soy powerlifter». Qué empaque. Qué de todo.

Como cualquier buena noticia, se la revelé a mis progenitores en cuanto pude:

Oye, papá, ¿sabes qué? He empezado a hacer powerlifting y me gusta bastante. A lo mejor hasta me animo a competir. Pain au chocolat sin gluten: la receta

¿Qué es eso de powerlifting?

Nada, eso de levantar peso que es parecido a la halterofilia.

(Cara de sorpresa/estupefacción de mi padre, al imaginarse que en unos meses su hija podría tomar el aspecto de Hulk) ¡Pero yo no quiero que te pongas como esos que se pinchan!

Papá, eso es culturismo. Y, también, ya haré yo lo que me plazca con mi cuerpo, ¿no?

Bueno, bueno, pero ten cuidado, ¿eh?

Tranquiiilo.

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#strongest #strength #russiancycle #highbar #squat #shesquat #powerlifting

A post shared by 💮 Rocío Martínez – McPushkus 🌺 (@mcpushkus) on Aug 29, 2015 at 11:56am PDT

 

Estereotipos malparados (bueno, creo que el adjetivo es redundante porque en realidad ningún estereotipo hace bien alguno que yo sepa) aparte, ya han pasado unos cuantos meses y, sí, ya he notado la diferencia. No es lo que pensáis: aún no soy capaz de rebentar las camisetas con mi fuerza bruta, creo que para eso me queda un poco. Pero no os preocupéis, en cuanto pueda hacerlo os informaré como es debido.

Pero, fundamentalmente, la diferencia la he notado en que he mejorado bastante mi calidad de vida: he fortalecido la espalda (mi punto débil por excelencia); ya no me cuesta levantar cosas, como por ejemplo si hay que hacer una mudanza y hay que ayudar a trasladar mobiliario (lo comprobé hace unos meses con la mudanza a la nueva oficina en el trabajo); y me noto menos cansada en general. En resumen: funciono mejor en mi día a día.

Vaaaale, también se me ha puesto el culo duro y nunca he estado tan contenta con mi cuerpo. Pero eso es secundario, señorxs. ¡Que sois unos superficiales, hombre!

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