El valor de sentirse conectada

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Llevaba cuatro semanas imaginando que tecleaba deprisa, tan rápido como ahora mismo tecleo estas palabras por la excitación de haber encontrado por fin un pequeño rato para volver a escribir. Ha habido cambios en todos los sentidos y ha sido complicado llegar a la señal de stop, pero, al fin, aquí estamos.

Si busco la exactitud, en realidad no ha habido cambios en todos los sentidos, sino en uno solo: a más, a positivo. No era muy difícil, supongo, habiendo llevado a mis espaldas dos años de lucha continua, esta vez sí en todos los sentidos. Mental y físicamente. No era muy difícil mejorarlo, no.

Como sabéis, me di un respiro en Berlín. Unas pequeñas vacaciones, un pequeño premio que me merecía. Con lo que no contaba era con que a la vuelta podría empezar un programa intensivo de sueco en la universidad al que me había apuntado sin mucha esperanza, programa que conocí gracias a una querida compatriota. Ella bien sabe que beso el suelo por el que pisa por esto.

Es un curso de estos a la sueca, que yo digo. Completamente gratuito, ocupa todo el día y además recibimos una pequeña prestación. Nos apuntan al TISUS gratis (certificación del nivel C1) y lo hacemos gratis. Recibimos buenas clases y voy contenta cada día a la universidad. También nos incluyen unas prácticas para insertarnos laboralmente (esto solo lo podré constatar en Enero, cuando termino el convenio). En fin, no está nada mal. Sin embargo, todas estas ventajas se quedan en nada si os digo que por fin siento que tengo un lugar en este país.

Este sentimiento es, por supuesto, consecuencia de diferentes factores. Algo tiene que ver también que por fin hayamos acabado la mudanza a nuestro piso definitivo. Aunque el principal motivo apareció milagrosamente también hace cuatro semanas, cuando empecé el curso. No esperaba mucho del programa, quizá tan solo que me hiciera recuperar las ganas por mejorar una lengua a la que había cogido manía después del desafortunado comentario racista de una técnica de RRHH. Fue simplemente la gota que colmó el vaso en un país en el que no te ponen fácil la integración. Con recuperar la ilusión y ocupar mis horas con algo útil que no fuera el LinkedIn, me bastaba.

Casi un mes después, solo han ocurrido cosas buenas. He mejorado considerablemente en las cuatro destrezas (escribir, leer, hablar y escuchar) y tengo adjudicada una plaza para una agencia de comunicación donde me esperan con los brazos abiertos para hacer las prácticas. Vuelvo a disfrutar de estudiar una lengua, como cuando cursaba Filología alemana. Pero lo mejor ha sido volver a sentirme conectada, parte de algo, y volver a sentir el hogar.

Fue el primer día cuando, al esperar al entrar al aula, mis nuevos compañeros me saludaron con curiosidad y nos conocimos. Unas horas más tarde sentía esa comodidad que últimamente me quedaba tan lejana (físicamente), y que solo he sentido con pocas personas, todas ellas a día de hoy personas que quiero mucho y que considero mis hermanas. Hablamos, yo qué sé, de cosas no muy importantes. De nosotras, nuestra procedencia. De España, Argentina, Brasil, Suecia. De nuestras experiencias. Instintivamente me sentí libre de ser como soy, acostumbrada a tirar de enmascaramiento la mayor parte de las veces. Me sentí libre y a salvo. Y esto no solo es un descanso a nivel mental.

Como en una de esas películas en las que todo acaba bien (que ojalá, no me gustaría tener una muerte terrible), ella ha aparecido de repente en mi vida como una estrella que ilumina el camino cuando todo estaba bastante negro. Da igual que me hable de los mil y un peligros de las calles de Sao Paulo. De familia o política. Por primera vez en mucho tiempo me he vuelto a sentir conectada. Me he vuelto a sentir útil, también. Y me he vuelto a sentir aceptada, valorada e incluida.

Escribo esto a modo de celebración de la amistad. De las buenas personas. De las relaciones que te hacen sentirte (más) viva. De las casualidades. Del valor de sentirse conectada en un mundo donde el individualismo y la crueldad hacen estragos de todo tipo.

Por fin, en esta pequeña ciudad del sur de Suecia en la que tanto añoro a mis amigas de Valencia, he hecho una buena amiga.

El valor de sentirse conectada

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