Yo fui una chica machista

Mi contexto

Hace 10 años yo era una persona con una forma de pensar radicalmente contraria a la que tengo ahora. Como era de esperar por mi background y por lo que escuché en unos años tan determinantes como son los de la adolescencia, podría decirse que desde los 15 a los 18 fui una Pepito Grillo y una pequeña fundamentalista.

Aún no entiendo que mis amigas no me dieran un merecido guantazo a lo Batman y Robin (yo igual lo habría hecho) para que reaccionara, pero como eran unos amores dejaron que yo misma me diera cuenta. Siempre me ha gustado la metáfora del caballo, que no puede ver más allá de lo que tiene enfrente por las anteojeras. Las mías fueron los mensajes que me transmitieron en una iglesia y que poco tenían que ver con algo que hubiera dicho Jesusito, pero que igualmente calaron en el fondo de mí porque no tenía mucha capacidad crítica; si bien, en menor medida, también me influyeron algunas cosas que vi en mi casa.

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Con los años, a medida que fui viendo que la vida no es tan fácil como parece cuando eres más joven y a medida que me fui tropezando, entendí muchas cosas. Sobre todo, que la diversidad existe. En la forma de ser, en las opiniones, en los modos de vida, en la sexualidad. Que esta diversidad enriquece. Y también, que haber nacido mujer me perjudicaba y me había perjudicado en muchas cosas.

De “qué tontería”…

Recuerdo un día, en el instituto, un profesor nuestro estaba comentando la importancia de celebrar el 8 de marzo, ante lo cual yo exclamé en voz baja “Qué tontería”. Él me oyó y no me dijo nada, pero puso una cara que expresaba al mismo tiempo WTF y “Lo que tú digas, reina”. Entonces yo tenía unos 15 años.

Mi opinión al respecto no cambiaría en los años siguientes, sino que incluso empeoraría debido a la etapa talibancilla que pasé hasta bien entrados los 18 y a la que hacía mención arriba. Para que os hagáis una idea, yo veía ideal que, como mujer, debiera sacrificarme siempre. Aunque nunca me hubieran gustado los bebés, asumía que debía tener hijos porque una mujer sin ellos está incompleta y acaba amargada.

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Tenía muchos pájaros en la cabeza, como veréis.

Pensaba que el aborto jamás de los jamases debía ser un derecho. Pensaba que las mujeres no son fuertes, que eso se reserva a los hombres. Pensaba que debía ser lo que tradicionalmente se entiende como femenina (a pesar de nunca antes lo hubiera sido), frágil, que mis aspiraciones no importaban tanto como las de mi novio o marido, en caso de tenerlo. Pensaba que las chicas que vestían de una determinada forma o tenían una sexualidad sana eran unas cualesquiera. Me gustaba que me dijeran cosas por la calle porque eso significaba que era guapa y deseable, ¡y qué mejor que eso! Y para acabar, mi mayor ilusión y meta en la vida, como imaginaréis, era casarme.

Mi personalidad en esos años se fue a la mierda y me convertí en otra de esas chicas planas tipo Amo a Laura (si es que alguien se acuerda de aquello). ¿Y qué tenían y tienen que ver todas estas cosas con la religión? Lo siento si levanto ampollas diciendo esto, pero me parece que el pack de pensamiento y roles tradicionales hiperbinarios que me habían inculcado nada tienen que ver con las enseñanzas y el mensaje de paz de un hombre. Así que mi aventura acabó terminando a poco que empecé a pensar por mí misma. Pero el daño ya estaba hecho.

… a tomar conciencia de un gran problema social

Obviamente, todo este mindset ocupó mi cabeza inconscientemente durante muchos años, afectando a mi vida personal. Como es lógico, mientras seguí pensando así jamás logré tener una relación sana en la que las dos personas importáramos por igual. De hecho, aguanté demasiadas cosas pensando que eso era precisamente lo bonito de una relación: sufrir y sacrificarse for the sake of it, aunque a la otra persona le diera lo mismo o no me tratara como me merecía.

Claramente, vivía en la toxicidad. Pero no os equivoquéis, desde los medios generalistas no es que nos transmitan un mensaje muy diferente sobre cómo debemos ser las mujeres (femeninas, frágiles, entregadas, madres de, mujeres de, guays pero no putones, y otras muchas contradicciones más). Así que mi emancipación fue difícil y tardía. Siempre digo que los 25 fueron para mí decisivos. Fue la edad a la que me acepté y me quise como era.

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Pero también fue la edad a la que empecé a observar y escuchar más a mis amigas y a wuwei. Fue la edad a la que conocí a mi actual pareja, quien sin saberlo me ayudó a valorarme como persona. Y fue la edad a la que descubrí lo equivocada que había estado. Que por desgracia, el machismo existía. Y lo peor de todo: que yo había participado de aquello que me había afectado. Yo había sido una chica machista.

Yo había criticado el cuerpo y la forma de vestir de muchas. Yo me había metido con aquellas que se hacían la cirugía. Yo vi a las mujeres como enemigas en algunos momentos de mi vida. Yo fui un poco misógina, porque “las mujeres somos retorcidas, los hombres tienen mejor fondo”. Y también, yo pensaba que lo que debía hacer, al final, era encontrar un marido que me salvara y me mantuviera.

Hoy me doy cuenta de todo eso, miro hacia atrás y me digo “jopetas, Rocío”. Porque me habría ahorrado muchos marrones si no hubiera escuchado ciertas barbaridades. Me habría hecho una persona más libre y con menos juicios hacia otras. Habría tenido más armas, más herramientas. Habría sido una persona feliz mucho antes. Y habría tenido orgasmos mucho antes, dicho sea de paso. Pero por otra parte, no lo rechazo. Dicen que se aprende más de los errores y, si bien habría estado bien no vivir ciertas cosas, quizá no me habría dado cuenta de que la heroína de mi historia tenía que ser yo. Quién sabe.