Vivir sin tiempo libre o la era de los robots

¿Es humanamente posible vivir sin tiempo libre? Por propia experiencia, me atrevería a decir que humanamente no, pero robóticamente sí. Dejadme que me explique: desde hace algo así como un año (desde febrero de 2016 a febrero de 2017), los momentos que he podido dedicarme a mí misma, a mi bienestar, a disfrutar un poquito de las cosas que me rodean, podría contarlos con los dedos de una mano.

Ayer domingo, fue la primera tarde en incontables meses en la que salía con mis amigas, sin condiciones. Sin pensar en lo que tendría que hacer después. Sin pensar en el trabajo. Sin pensar en los proyectos del máster. Sin ansiedad. Y por primera vez en muchos meses sentí algo que había olvidado un poquito: esa sensación de estar contenta, de estar disfrutando, relajada, con la gente que quiero. No hicimos nada especial, más bien lo de siempre: dar esos paseos interminables mientras no paramos de hablar, tal y como hemos hecho desde incluso antes de ir al instituto. Y fijaos, qué tontería. Me hizo sentirme bien. Más persona, menos robot. Y por supuesto, más feliz.

Se nos pide constantemente. Normas sociales, políticas, laborales, culturales, burocráticas. Normas a las que podemos o no adaptarnos, pero que están ahí. Horarios que cumplir. Actividades que entregar. Temarios que memorizar (que no que aprender). Y todo eso, al ritmo que marca la estructura social. Nadie nos obliga a seguir estas reglas, pero siempre está presente un imperativo del que cuesta deshacerse si decides que quieres vivir tu vida sin esas constricciones. No sabría decir si tiene que ver con la era en la que vivimos, pero sí que pienso que, desde luego, dadas las condiciones de crisis que a mi generación le ha tocado vivir, la competencia hoy es más extrema que, por ejemplo, hace diez años. Y con ella, las exigencias de todo tipo se han acentuado.

Yo estoy agotada de estos estos imperativos y la verdad es que ha llegado un momento en el que me los paso un poquito por el pushkus. Esta competición (social, laboral, de estudios, etc.) se ha convertido en algo que me da muchísima pereza y que me produce cansancio y tristeza. Hoy más que nunca, las personas nos hemos convertido en cosas de las que disponer, aprovecharse, machacar, usar, para luego abandonar si ya no somos de utilidad, por ejemplo, en el ámbito laboral o en el social. El liberalismo nos ha cosificado y robotizado en muchos sentidos. Y si no sigues el camino marcado no sólo eres rechazada socialmente, sino que además eres vista como un peligro.

Nos quieren robots. Nos quieren sin conciencia. Nos quieren sin ideales. Nos quieren cumpliendo, sin condiciones, sin cuestionamientos, sin recibir nada a cambio, sin tiempo para nosotrxs. Todas las estructuras que forman nuestra sociedad nos quieren, sí, pero porque nos necesitan para seguir existiendo. Sin personalidad, sin humanidad, sin capacidad para pensar. Y eso es verdaderamente triste. Aunque lo más lamentable de todo es que una mayor parte de la gente acepta todo esto como lo natural y necesario. Y aquí repito que se incluye no sólo al trabajo, sino también a la familia, las normas sociales, las creencias, las tradiciones.

Todos estos imperativos y lo que significan son una de las razones por las que tengo ansiedad a menudo. Decidí hace tiempo que no quiero vivir según las normas, que me exigen ser tantas cosas a la vez sin necesidad alguna. Sin embargo, soy consciente cada día de las dificultades y las estructuras que me impiden ser libre del todo. Porque como decía al principio, mi vida se ha convertido en una rutina con tintes robóticos. ¿Las razones? Me limitan trabajo, estudios, proyectos, entregas, horarios, idas, vueltas, resultados. Las normas sociales ya me resbalan del todo y puedo huirlas más o menos, pero las obligaciones estudiantiles me van a seguir limitando hasta que este curso termine. No obstante, tengo muy claro lo siguiente: no puedo convertirme en un robot. No lo puedo permitir, porque me hace infeliz.

¿Moraleja o consejo? Intentar buscar SIEMPRE tiempo para ti, tus emociones, tu círculo, tus inquietudes, tus hobbies, tu felicidad, y evitar en la medida de lo posible los lugares o personas que te lo impidan. Los robots ya existen en el 2017, y los vemos cada día. La verdadera revolución es encontrar y cuidar los momentos para ser humanxs y sentir sin constricciones.