5 días en Londres o por qué mereces darte una segunda oportunidad

Londres o mi catarsis

Habían pasado 3 años y medio desde la última vez que pisaba tierras británicas y me sentía rara y expectante a la vez porque sabía perfectamente que este viaje sería el de mi redención. Antes de empezar a sincerarme, me gustaría contaros que conocimos a un vasco muy simpático en el albergue con el que tuvimos una entretenidísima charla sobre películas Disney.

Él contaba que su peli favorita siempre sería El Rey León. Yo le respondí que también fue mi favorita hasta que me enteré de que al parecer escondía un alegato en favor de la pena de la muerte. Él me rebatió y nos contó a todos algo que me dejó muy pensativa: El Rey León siempre ha sido una versión de Hamlet para niños.

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No hay que ser muy aficionada a la literatura para verlo, aunque Javi (que así se llamaba), sí que lo era, por lo que era capaz de ver símbolos y poesía casi en cualquier cosa. El caso es que continuó explicándonos una lectura bastante desconocida de la película y no pude evitar verme allí, en esa lectura. Dejad que os explique ese significado: Simba es Hamlet.

Como en la obra, su tío (Scar) mata a su padre para quedarse con el trono y la mujer del antiguo rey (Mufasa). Simba huye, aunque no a Inglaterra como en la tragedia, sino a un lugar escondido de la Sabana donde sólo existe la evasión y la diversión, el Hakuna Matata de Timón y Pumba. Pero cuando se hace adulto, Simba tiene que enfrentarse a sus problemas. El Hakuna Matata está bien, pero sólo para un paréntesis de la vida. Y cuando Simba madura, vuelve a su tierra (como Hamlet a Dinamarca) para solucionar los problemas que le aguardan desde su marcha.

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Nos contaba que le daba mucha rabia que la gente se quedara sólo con el Hakuna Matana y no con el “Has aprendido” de Rafiki, tras darle a Simba con su bastón en la cocorota. Y la verdad es que tenía mucha razón. Desde todas partes parece que se nos incita a escondernos de la confrontación, a ponernos la máscara de “cómo me divierto, qué bien estoy así, no necesito hacer esto o esto otro”. Igual más veces de las que nos gustaría admitir, no lo sé. Lo importante es que yo me vi allí, como Simba, aunque nadie ha matado a mi padre, pero sí he huido demasiadas veces. Una de ellas, de España a Inglaterra. Y otra de ellas, de vuelta a Españistán.

Por qué me marché al Reino Unido y por qué volví de nuevo a España

No sabría decirlo. Me marché como Simba, muy joven y sin siquiera pensarlo, tan sólo quería huir. Una situación nada favorable en mi casa me hizo que ni me planteara la oportunidad de una beca que parecía maravillosa (el PGCE), con un trabajo seguro y una vida independiente segura.

Mi error fue no pensar en alternativas al PGCE en Reino Unido, dejar muchos cabos sin atar en casa y no haber hecho caso a una compañera del curso, que me recomendó intentar ser más independiente de la que entonces era mi pareja por lo que pudiera pasar. Pero yo me ocupaba en intentar tener mi cabeza alienada. A los pocos meses, me había convertido en una señora: tenía mi casa, mi coche, mi aburrida rutina, mi salario y mi paga extra y también una conciencia que no me paraba de atormentar porque sabía que era tremendamente infeliz.

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Era infeliz porque hacía tiempo que no quería a esa persona con la que convivía pero de la que al mismo tiempo me daba miedo separarme, porque como verdadero ejemplo de nice guy de esos que luego en realidad es un mierda, me había hecho creer que me trataba bien y que debería estar agradecida, y yo estaba aterrada al pensar que si aquello era tratarme bien qué sería lo demás. Cierto, no me trataba mal. No me pegaba. Pero no me valoraba, no me respetaba, era tremendamente infantil y me juzgaba constantemente a mí y a mi familia.

Yo, que por entonces tenía cierto machismo interiorizado, pensaba que no era malo que nunca me dejara intervenir en nada porque yo es que perdía más los nervios, era más histérica y estaba un poquito loca. No suelo hablar mucho de esto porque como supondréis me causa bastante dolor; no obstante, creo que es bueno hacerlo. El caso es que llegué a odiarle (como era de esperar) y yo misma no sabía por qué exactamente (igual de tantos motivos que tenía). Sólo fue cuando corté un año después (sí, aguanté aún más, y todo por el miedo) y cuando conocí a Edgar, mi actual novio y mejor amigo, que me di cuenta de todo lo que me había sucedido, de lo tóxica que había sido esa relación para mí y de lo que era de verdad una relación adulta, que te traten como a una persona normal y que te traten no bien, sino muy bien.

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Era infeliz porque mi ex no conseguía hacer su trabajo bien y al final tenía que cargar con sus cosas, además de con las mías (por si no fuera suficiente siendo profesora de secundaria, una profesión con la que no te da la vida). Y también era infeliz porque odiaba mi trabajo realmente, por lo que aquello era verdaderamente insostenible.

Así que un buen día de marzo, pocos días después del Día del Padre, exploté. Fue exactamente el 22 de marzo de 2013. No podía más. No podía más de no dedicarme a lo que me gustaba. No podía más de tener que aguantar a aquella persona y que me culpara siempre a mí de todas sus desgracias, y no a sus decisiones o a su forma de ser. También era infeliz porque echaba de menos a mis amigas y a Pushkus. Así que poco tiempo después de aquel día, hice las maletas de nuevo.

Cómo fue la vuelta a casa

Fue horrible. No sólo porque tuve que acostumbrarme a vivir de nuevo en casa de mis padres, sino porque empezar de cero en otra profesión me resultó complicado, y más en un país como el nuestro, en el que tenemos la cabeza muy cuadriculada para los curriculums (si has estudiado X, parece que sólo puedes dedicarte a X y nada más).

Me ha costado mucho abrirme camino, por no hablar de las malas condiciones laborales que he vivido desde entonces. Mientras tanto, vi cómo cogieron a mi ex en una gran empresa tras haberse inventado su curriculum sin ningún reparo y también vi cómo perdía parte de mi dinero porque fui tan estúpida de no hacerle caso a mi compañera y no hacerme mi propia cuenta bancaria en Inglaterra.

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No obstante, como cosas positivas debo decir que en estos años transcurridos he recuperado mi autoestima, la seguridad en mí misma y mis aficiones y he acabado de superar mis TCAs. Me he acabado de hacer adulta y he aprendido a valorarme y a valorar más lo que tengo. Por si fuera poco, he podido ver y hablar con mis amigas a menudo y encima tengo un novio que vale un millón de Pushkus. Y bueno, si quito la precariedad a mis trabajos (salvo uno, todos becas o en negro, que viva España) puedo decir que ahora mismo tengo un curriculum que no está mal.

Por qué he vuelto al Reino Unido

Porque tenía que ser Simba, tenía que ser Hamlet, tenía que enfrentarme a lo que me había dolido. Ya soy una persona adulta y tenía que volver al lugar en el que, a pesar de todo, me gustaba estar y al lugar que quería recuperar. Porque me gustaba poder ser independiente.

Me gustaba la comida (sí, gente, me encantaba la comida porque el supermercado era tan grande que podía encontrar absolutamente de todo y de mejor calidad que en Valencia). Me gustaba cómo eran los barrios. Me gustaba tener salario. Me gustaba que me valorasen. Me gustaban las revistas y la tele. Obviamente, estaba con la persona equivocada y trabajando de algo que no iba conmigo cuando no era feliz allí.

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Y estos días he hecho la prueba. Y los pros (estabilidad y seguridad laboral, vida independiente de mis padres, comida, casitas, barrios, gimnasios buenos) siguen ganando a los contras (peor tiempo que en Valencia, se hace de noche antes, no tendría a mis amigas cerca), aunque lo de las amigas es doloroso. Han sido 5 días increíbles en Londres.

He probado la comida caribeña, he comido buena comida india, he ido por fin a Camden y a Notting Hill (y me he enamorado mucho), he comprado oatcakes, me he ido al Accessorize más molón para comprarme un extravagante gorrito de koala, he entrenado en el mejor club de powerlifting de todo Reino Unido y encima me han regalado una camiseta, he conocido la cara menos mainstream de Londres huyendo un poco del centro. Y también, me he vuelto a encontrar. Y en mi cabeza, he hablado con mi yo temerosa, insegura, ingenua y sumisa de hace tres-cuatro años. Creo que merezco tratarme bien, ser compasiva conmigo misma y darme otra oportunidad. Por eso, me he perdonado.

4 Replies to “5 días en Londres o por qué mereces darte una segunda oportunidad”

  1. Buen dia! Es la primera vez que entro a tu blog y me ha encantado. Mi nombre es Florencia y soy artista visual argentina, viviendo hace casi dos años en Alicante. A fin de mes me mudo a Londres y estoy aterrada, espectánte y bastante ansiosa, sobretodo. Soy de un lugar pequeño, un pueblo, y pensar en enfrentarme a una gran ciudad me hace perder mi norte, boicotearme si se quiere. En otras palabras: busar un mentiroso hakuna matata.
    Leerte me ha dado valor!! Gracias por compartir tu experiencia, y por visibilizar la importancia de perseguir el crecimiento.

    1. Gracias por tus palabras Florencia 🙂

  2. Un artículo brutal!!! Me ha encantado leerte tan sincera…me he sentido tan identificada contigo! Gracias por compartirlo, nos da ánimos a las demás a valorar nuestras experiencias desde un punto de vista menos inquisidor, más dulce. Un besazo!!

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