30m² para ser menos pesimista

Nunca fui una persona especialmente pesimista. Pero como diría Jeanette, mi forma de pensar viró hacia el pesimismo porque el mundo me hizo así. Digamos que las circunstancias de la vida, sobre todo las que atañen al tema laboral, me convirtieron en una persona muy ceniza y con poca fe en el futuro. Tampoco es que antes fuera yo un cascabel, no lo era. De hecho, en el colegio los profesores siempre me decían a mí y a mi madre, preocupados, que en clase siempre estaba muy seria. Algo que me tocaba un poco la moral porque no entendía nada: ¿no se suponía que debía estar atendiendo? ¿Se puede estar atendiendo demasiado? ¿Era malo tener interés? Ahora que soy más mayor, me doy cuenta de que lo más probable es que les diera un poco de miedo, me ha pasado más de una vez: hay gente que no entiende que si no tengo confianza o si no se ganan la mía, no soy dada a compartir con ella mi sentido del humor o mi mundo interior. En ese sentido, soy un poco como un conejillo de indias, asustadizo al principio, pero si te ganas mi amor te querré muchito. Supongo que a raíz de ello, al no poderme clasificar, no saben por dónde tirar.

La insatisfacción es un defecto sustancialmente humano, dicen, y puede que haya sido esta emoción y el nada desdeñable dato de que soy una persona muy perfeccionista conmigo misma los que me hayan catapultado las más de las veces a un estado en el que yo sentía (y a veces aún siento) que nada estaba bien. Tenía mis razones: yo no paraba de pensar que no estaba en el sitio en el que deseaba, sobre todo social y laboral, y me sentía atada de pies y manos y muy a merced de lo que la divina Providencia quisiera hacer conmigo. No tenía muchas opciones, la verdad. En general, mi generación tiene muy pocas. España es un país en el que solo unos pocos salen favorecidos: los de siempre, los que tienen privilegios. Y tú, como ciudadana normal y corriente, la verdad es que pocas cosas son las que tú puedes elegir libremente y controlar. Tú solo puedes adaptarte o, si no te gusta, marcharte. Yo escogí la segunda opción un año después de volverme del Reino Unido, en 2014. Lo que vivía no me estaba haciendo ningún bien. Así que ahorré durante años mi paguita de becaria precaria y volé del nido hace mes y medio. Y fíjate, cómo es la vida, que por fin estoy volviendo a creer un poco en el futuro y en que las cosas a veces también pueden salir bien. Como digo, muy despacito, pero sin pausa (salvo días bajoneros, los procesos mentales son un poco like that).

No es para menos. Estoy viviendo en un entorno que me da paz y en un país que me está ofreciendo unas experiencias que en España serían (y son) impensables, a pesar de que los procesos burocráticos son muy lentos y el hecho de ser extranjera no ayuda nada, esto es así. Es cierto, por otra parte, que empecé a recuperar la fe en mí en abril, tímidamente, si bien con sus altibajos porque la mente es fascinantemente complicada. Estos procesos no ocurren de la noche a la mañana. Pero, desde luego, que no te traten a patadas hace mucho. Que, por ejemplo, en una entrevista te vayas con más regalos a casa que en una excursión a la fábrica de Cuétara. Que te valoren. Hace mucho y más si siempre has vivido lo contrario. Aquí todo funciona distinto y, en su mayor parte, este hecho me gusta bastante. No obstante, como he dicho antes, podría no sentirme tan positiva porque no todo son arco iris y piruletas en este apacible lugar del norte de Suecia. Vivo en un pisito de 30m², es lo que podemos pagar por el momento. La comida es muy cara. En general, todo es muy caro salvo el gimnasio. Pero, no sé, estoy empezando a ver las cosas de otra manera y eso me alegra. Estoy rodeada de gente muy mona y no me siento sola. Me levanto todas las mañanas con un paisaje verde y un cielo de un color tan azul que en Valencia, por la contaminación, no llegas a apreciar. He conseguido moverme en bici con mucha seguridad.

Nunca me gustó no albergar esperanza alguna porque te nubla la vista y también tu propia felicidad; una no decide tener depresión. Así que celebro que mi fe en algunos temas haya entrado en mi pisito sigilosamente y dejado sus zapatitos en la entrada para instalarse, por el momento, en un rincón minúsculo que yo a menudo sigo sin poder apreciar del todo. Ser pesimista tiene cosas buenas, aunque suene algo contradictorio. En aspectos como estudios o trabajo, ser pesimista te ayuda a prepararte para la peor posición y esto beneficia siempre: porque vas a estar mejor preparada para salir airosa tanto de una mala situación como de una buena, e incluso a veces te vas llevar más alegrías que disgustos porque ya te habías mentalizado. Sin embargo, también es importante no perder la fe e intentar no olvidar que las cosas, a veces, también pueden salir bien. Y es importante y sano recordarlo porque en el momento en el que ya no crees en nada, ahí sí que está casi todo perdido.

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