Qué especialita eres, ¿no?

Hace ya un tiempo, a mi novio le costaba entender mi punto antigrupos y mi dificultad para abrirme a otras personas, lo que comúnmente se conoce como hacer amistades nuevas. De hecho, admito que ha habido alguna ocasión en la que me he sentido más obligada que otra cosa a participar en actividades de grupo, tales como fiestas o botellones, para que me dejaran un poquito en paz y hacer como que me adaptaba para que el resto no se tuviera que cuestionar sus gustos o su forma de ser por mi culpa.

Soy una persona especialmente sensible y demasiado empática. Tanto, que me llega a doler la poca capacidad de comprensión y solidaridad de mucha gente hacia situaciones de discriminación, por ejemplo. No siempre he sido así. De hecho, hasta los 16 años no empecé a desarrollar esta cualidad tan en exceso y recuerdo episodios en los que fui bastante egoísta y un tanto malvada, sobre todo en primaria. Pero oye, en la vida estamos para aprender. ¿Y qué tiene que ver esto con que me cueste y me dé miedo conocer a otras personas e incluirlas en mi vida (si es que tienen ese honor final)? Precisamente esa sensibilidad tiene algo que ver. Y que, al mismo tiempo, tengo la suerte o más bien la desgracia de no esconder mi opinión, de defender mis convicciones con tranquilidad y de decir si algo está mal, lo cual me suele convertir en una persona incómoda. En una mujer contestona, tiquismiquis, que ha veces pilla por sorpresa al desconocido interlocutor. Lo que suele ocurrir a continuación no te sorprenderá: acabo estando callada en eventos de grupos porque mi seguridad resulta insólita, rara y desconcertante; porque, para sufrir rechazo, mejor no digo nada; o porque veo que tengo tan poco en común que no veo forma de intervenir. Esto además me ocurre con más frecuencia desde que me puse las gafas moradas, hace más de unos tres años, lo que supuso un punto de no retorno al convertirme en un detector andante de comentarios, escenas y conversaciones cotidianas cuñadas en las que ya procuro no entrar (para hacer pedagogía, de la que sea, ya están los libros). Y porque si no me encuentro en un ambiente seguro con mis personitas queridas, pues no le veo el sentido a arriesgarme a pasar un mal momento.

Pero despertar es difícil. De eso no me cabe la mayor duda. No soy la misma hoy que hace 3 años. Y doy gracias por haber tenido a personas muy especiales a mi alrededor que indirectamente, sin tenerles que pedir yo nada, me han abierto los ojos respecto al mundo en que vivimos con su activismo o con su comportamiento y me han hecho darme cuenta de cómo las estructuras de poder existen y funcionan, de cómo el machismo sigue siendo un problema endémico en este país (no sé aún en otros, aunque sí que me he dado cuenta ya de que en Suecia nos llevan años luz en muchos aspectos) y de cómo esos eslóganes de girl power con tanto éxito en redes sociales se quedan en girl flower power y papel mojado en la vida diaria desde el momento en que decides desafiar a la normalidad y el lugar que tradicionalmente se te ha asignado (el de estar callada, obviar tus logros y ser modosa, modesta y dócil), ante la sorpresa del resto (lo de fight like a girl y las frases de ese estilo mejor para el Facebook y el marketing en general, no me seáis radicales). Porque, ¿no nos estamos pasando? ¡Es que ya no nos podemos reír de nada! ¡No se puede hablar de nada! No sé, va resultar que el humor de Jorge Cremades ha calado tanto y ha tenido tantos seguidores por la sencilla razón de que una mayoría de la población española es como él. No hay más.

Salir del engaño y la alienación del discurso del amor romántico y del neoliberalismo es posible y deseable, los problemas vienen después: porque nadie te advierte de las consecuencias. Que, por ejemplo, te van a hacer el vacío en algunos grupos (algo que me lleva pasando mucho tiempo, sin embargo, supongo que porque no he coincidido con gente humana). Que te van a hacer sentir mal porque aquí el único bicho raro eres tú. Que te van a llamar maleducada o te van a decir que siempre estás enfadada o que ves pegas a todo. Que van a invisibilizar los sufrimientos de los que te has atrevido a hablar, porque no son para tanto. Que van a intentar deshacerse de ti en las empresas porque no has tenido la consideración de disimular tu forma de ser o tus aptitudes para que el jefe se siga sintiendo seguro y, para más inri, saben que como se pasen contigo, denuncias. Pero todo esto, al final, también tiene su parte buena: las personas que se sienten bien contigo por como eres y que acaban convirtiéndose, pese a tu inicial miedo, en verdaderas y preciosas amistades. El formar, poco a poco, ese círculo y espacio seguro en el que cada una de las personas se sienten a gusto y en el que, en lugar de restar, suman. El aprender a detectar y evitar situaciones en las que experimentas violencia sin tener que sentirte mal por haber pensado en ti. El aprender a vivir más consciente de lo que ocurre a tu alrededor y por qué. O, mejor: el aprender a liberarte, poco a poco, de todas esas estructuras que te oprimen de cualquier forma posible y que han limitado tu vida hasta el momento.

Sí, quizá soy muy especialita. Quizá lo haya sido sido siempre. Y fijaos, hay gente en mi vida que me quiere mucho. Y sea como fuere, espero seguir siendo así de especial el resto de mis días.

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