Pero, ¿es que nadie va a pensar a los niños?

Cualquier frase mítica de los Simpson suele resonar en mi cabeza cuando veo un acontecimiento parecido al de un capítulo de la serie en la vida real. Sin ir más lejos, os voy a a contar por ejemplo la conversación que tuve con una profesora de un colegio de Inglaterra en el que trabajé, allá por 2013. Ella me preguntó cómo estaban las cosas por España, en concreto, la educación. Yo le respondí que había muchísimos profesores en paro, trabajando en academias de mierda con contratos de mierda (o sin ellos, doy fe de ello porque también lo he vivido).

A ella solo se le ocurrió responderme: “¡Pobres niños! ¡¿Y quién les va a enseñar?!”. Mi cara os la podréis imaginar. Que sí, que la mujer tenía su parte de razón, pero aquello no dejaba de ser surrealista y muy de Helen Lovejoy, la mojigata y puritana señora del reverendo Lovejoy. Porque, a ver, ¿y todas esas personas que no podían trabajar? ¿Y todas esas personas con formación que no podían ni independizarse? Se podría seguir mucho sobre este tema, pero en realidad yo venía a hablar de los niños en general y solo era una excusa para una buena introducción.

Que sí, que esta escena se ha quedado en una anécdota extravagante y divertida que puedo contar a la gente. Pero lo de ¿Es que nadie va a pensar en los niños? es muy, muy real. Lo vimos hace unos meses con el autobús del fundamentalismo y la intolerancia. Lo vemos cada día cuando se pide representación LGTBQ+ en productos de ficción (literaria o televisiva), como si visibilizar que hay más de una forma de vivir fuera malo porque, oye, quizá darles a tus criaturas una visión general y amplia de todas las opciones, quizá, y solo quizá, pueda ayudarles a ser más libres para decidir y más felices. Yo, al menos, lo habría agradecido y mucho porque la educación que mamé desde niña me coartó de muchas maneras.

Pero más allá de la cerrazón mental de una gran parte de la sociedad española en cuanto a estos temas, más allá de poner siempre de excusa a los niños para desviar la atención del verdadero problema (la intolerancia de padres y madres y la incapacidad para aceptar lo que se sale de lo normativo, que al final es un problema de educación, sin más), más allá de todo esto, estamos nosotras y nosotros, y los niños que una vez fuimos, nuestros niños interiores. ¿Cuántas veces nos acordamos de ellos? ¿Durante cuánto tiempo los tenemos encerrados en una pequeña parte de nuestra mente sin dejarles salir? ¿Cuántas veces me acuerdo y tengo en cuenta a Roíco (hasta primaria, escribía mal mi nombre)?

A la entrada de la universidad parece que todo el mundo de repente es muy serio y muy adulto. O cuando se sale de ella. A veces, incluso antes. Y en el trabajo, ya de eso ni hablamos. Y no nos damos cuenta del tremendo aburrimiento y la tristeza de vida a la que nos aboca. Una persona que no sabe reírse de sí misma, o que no quiere, porque la pobre tiene muchos complejos; una persona que no se permite jugar y hacer bromas; una persona que no se permite explorar; o simplemente vivir las cosas de una forma más inocente, sin (pre)juicios sociales adquiridos y sin moralismos; me atrevería decir que es una persona que, a la larga, no va a ser muy feliz.

Yo solo puedo hablar desde mi experiencia, y desde ella puedo decir que mi vida cambió cuando me permití volver a mis raíces, cuando acepté mi naturaleza, mi manera de ser, mi personalidad, mi niña interior, y cuando empecé a cuidar de ella y a dejarla salir a saludarme y entrar en escena siempre que quisiera. Y desde que me permito hacer esas cosas que algunos dirían no son propias de mi edad, fijaos, mi vida es más plena. Algunas de esas cosas pasan, simplemente, por vestirme como me dé la gana sin importarme si estoy cerca de los 30, como mis diademas con orejitas o mis bolsos kawaii de arco iris. O por usar muchas stickers en mis historias de Instagram. O por ir a un parque natural con animales en libertad porque ANIMALICOS <3 O silenciar esas normas sociales que no te hacen más persona, sino más robot y más instrumento del capitalismo.

Todo esto, una vez más, dicho desde mi más humilde opinión. Porque al final todas mis reflexiones son resultado de mis experiencias, y simplemente mis vivencias me han hecho llegar a la conclusión de que negando nuestra naturaleza no se consigue mucha satisfacción vital, la verdad. Y nada me gustaría menos que ser una de esas gentes tan repelentes que se consideran a sí mismas ciudadanas ejemplares, que todo lo saben y siempre conocen mejor que tú las opciones que debes elegir, y cuya vida, fijaos qué casualidades, normalmente es de un gris espantosamente soporífero.

Y nada más por hoy, salvo añadir que la Roíco está hasta el pirri de estar estudiando y necesita salir a jugar, recorrer un bosque en bici o teletransportarse a Boulognerskogen o a Skansen a la de ya.