No nos enseñan a (con)vivir con el luto

La verdad es que no sabría por dónde empezar. Quizá podría decir que el 23 de septiembre por la mañana me fui a la playa a tomar el sol, a bañarme probablemente por última vez antes de emigrar a Suecia y también a llorar. La playa o en realidad cualquier espacio público no son lugares en los que socialmente esté bien visto o siquiera aceptado mostrar tal estado de ánimo. Mostrarse públicamente herida, angustiada o ansiosa no es tan habitual por esa roñosa ley no escrita que dicta lo que es aceptable y lo que no y que, por ejemplo, manda que las emociones más humanas se dejen en casa, y si me apuráis en tu habitación propia. Ley seguida ciegamente por tanta gente que resulta ciertamente opresora para las que nos da un poco igual esto de la aceptación social y las normas del buen gusto que restringen tu libertad y tu felicidad.

Sea como fuere, yo me fui esa mañana y mediodía a estar allí, me daba igual el estado en el que me encontrara. Siempre me he sentido muy unida al mar, y más concretamente a la playa. Me suele dar paz cualquiera, no soy nada elitista. De hecho, me siento muy cercana a la playa de Valencia, no importa el tramo, siempre la he sentido como hogar o como una extensión de mi barrio porque es salir de casa, coger el tranvía y en no más de cinco minutos llegar. Es como una ilusión de teletransporte. Esto no quita que, para mi fastidio, la intente evitar durante los meses de julio y agosto porque el verano suele traer consigo ese gentío que solo deja tras su paso un buen montón de basura, tanto en la arena como en el agua. El caso es que era finales de septiembre, hace tres semanas, y aún hacía buen tiempo. No me lo pensé porque necesitaba una tranquilidad que me arropara: el sonido de las olas. Cada una afronta las situaciones difíciles como mejor sabe.

El problema viene cuando ni siquiera sabes cómo hacerlo. El 23 de septiembre, mientras ya me duchaba en casa para quitarme la sal, Pushkus se quedó dormido y poco a poco su corazón dejó de latir. Sería a eso de las 14:15-14:30. Yo me había ido a la playa porque era incapaz de aceptar lo que estaba ocurriendo y necesitaba espacio. No sé, la verdad, si la llamada del veterinario fue la más dolorosa de toda mi vida, pero puede que sí. El que siempre fue mi bebé, mi compañero de habitación y de vida durante casi 8 años ya no podría seguir acompañándome. Y aunque yo ya había aprendido a caminar sola, la idea de hacerlo sin él me resultaba terrible, vacía y triste. La muerte es una mierda cuando se lleva a tus seres queridos (porque cuando se carga a genocidas, proxenetas y malas personas en general la verdad es que es más justa que otra cosa).

Pero cuando esa chispita abandona el cuerpo de alguien a quien quieres pues es una de las peores movidas. Yo, desde hace tres semanas, no he hecho más que preguntarme cosas. Sobre todo, y más allá de intentar encontrar algo de sosiego en temas físicos y teorías matemáticas que hablan de otras dimensiones, me he preguntado por qué nadie nos habla del dolor. Por qué, ni en este ni en ningún caso, se nos educa para aprender a (con)vivir con problemas emocionales o mentales. Por qué este mundo tan avanzado vive de espaldas a lo humano, a lo más esencialmente humano, que digo yo que es todo aquello que se relaciona con el sentir y con cómo vivimos distintas situaciones, cómo nos afectan, por qué sufrimos o, importante también: cómo cuidarnos y curarnos.

Se me ocurren algunas respuestas históricas y estructurales a todas estas preguntas, algunas deducciones, pero no las creo exactas y quizá se escapen a este post. Yo solo quería saber por qué no se habla del luto. De cualquier tipo de luto. Del que tiene que ver con cambios grandes, ausencias o separaciones, pero también, por supuesto, con la muerte. Pushkus, por suerte, tuvo una vida bastante cómoda y agradable. La verdad es que ya querría yo haber tenido una vida así. Yo le di todo mi amor y mis padres también hicieron su función. Yo le quise y siempre le querré muchísimo, supongo que de alguna manera él lo sabía, y también sé que él me quiso. Pero sigo sin entender por qué cuando abro la puerta él ya no está. Por qué ya no puedo hacer la siesta con él. Por qué ya no le puedo dar besitos u olisquear.

Por qué siento que todo es tan raro. Por qué todo es tan raro.

One Reply to “No nos enseñan a (con)vivir con el luto”

  1. […] Suecia. ¡Qué lejano suena! Allá arribota, casi en el Polo Norte, has tenido que parar. Con gusto o menos gusto, con mayor o menor libertad. Si lo has elegido tú es más fácil recibir esta experiencia con los brazos abiertos, muchísima curiosidad y ganas de aprender de la cultura del país de acogida (por suerte, es mi caso). Supongo que si te has visto obligada a hacerlo la cosa se lleva peor, no lo sé. Para mí, ya digo que esto está siendo una aventura y que estoy muy contenta, si bien egoístamente me habría gustado venirme de otra forma (con mi Pushkus, por ejemplo, tal y como estaba planeado). […]

Los comentarios están cerrados.