Mi tía, la soltera

Provengo de una familia bastante grande. Aunque sólo tengo un hermano, tengo 23 primos en total, 21 de los cuales son por parte de padre. Mi padre tenía 4 hermanos y 3 hermanas (digo tenía, porque una de ellas falleció hace unos pocos años por culpa del cáncer). De todos, sólo una permaneció soltera.

Desde muy pequeña, miraba con cierto respeto a mi tía. A veces incluso con algo de miedo. De todos los hermanos, solamente ella y el mayor fueron a la universidad. Se licenció en Biología y, gracias a que de niña pudo aprender algo de alemán en el Kindergarten del Colegio Alemán de Valencia, que por entonces no era caro (aún estaba en fase primitiva, dividido entre dos pisos de la avenida de Jacinto Benavente, nada parecido al centro elitista en el que se ha convertido décadas más tarde), consiguió un buen trabajo de profesora allí. Yo la notaba una mujer de mundo, muy inteligente y de buena conversación. Y cuando reía, lo hacía con muchas ganas. Mi tía ha viajado mucho durante toda su vida, aún hoy sigue viajando. Y yo, bueno, la verdad es que nunca la acabé de comprender y valorar hasta hace pocos años.

Fundamentalmente, porque no entendía nada. El modelo de mujer que había aprendido de mi familia materna y de la Iglesia era el opuesto. Véase: el de persona que está incompleta si no se casa, tiene hijos y se sacrifica por su familia y su marido eternamente. Un modelo de vida abocado a la infelicidad, porque una persona es más que un contrato matrimonial y su familia, en caso de tenerla. El caso es que yo desde los 10 años siempre fui (y sigo siendo) muy buena estudiante, razón por la cual quizá mi tía se acercaba a menudo a preguntarme sobre temas educativos o de trabajo en cada reunión familiar. Yo siempre encontré todos estos temas aburridos y poco importantes hasta que logré comprenderla. Su forma de pensar, su forma de vivir. No diría que fue una mujer adelantada a su tiempo porque a finales de los 70-principios de los 80 ya había mujeres en la universidad. Pero de alguna manera, su ejemplo me demostraba que había otra forma de hacer las cosas y que se podía ser tanto o más feliz que con la que yo había absorbido inconscientemente. El problema era que no había sabido verlo.

Hace unas dos semanas me llamó para quedar. Hacía mucho tiempo que no nos veíamos por diferentes circunstancias. Me invitó a cenar y estuvimos hablando un buen rato sobre todo y nada en general. Procuro no pensarlo por lo triste del asunto, pero lo cierto es que tengo pocas oportunidades de hablar con mi familia más cercana de cualquier tema y con normalidad sin que acabe en malentendidos bastante tontos. Y me sentí bien hablando con ella, saliendo de ese círculo vicioso y viciado que a veces es mi casa de Valencia. Me sentí relajada. Y me lo pasé muy bien.

Las tías solteras, qué bien más preciado.