Mi infancia y adolescencia – Jesús

Desde que tengo uso de razón, Jesús estaba everywhere. En las paredes, en la boca de mi padre, jugando con las hijas y los hijos de los amigos de mis padres, en la parroquia, en la calle… No es que yo fuera muy espiritual, a mí todo eso realmente me importaba un bledo. Aún no tenía una opinión. Simplemente, Jesús y/o el Señor estaban siempre presentes.

El otro día, hablando con una amiga, me di cuenta una vez más de la burbuja en la que había vivido. No vengo a criticar a mis padres, que me educaron como mejor supieron y como pensaron que podría ayudarme de mayor. A ver, ahora que ya soy mayor sí que veo que me ha ayudado en algo. En realidad, no sólo en algo, sino en bastantes aspectos de vida, como a observar las cosas con más perspectiva, a saber detectar y evitar ambientes tóxicos, a poder comparar y poder hacer una crítica (por mucho que quieras, si no has vivido ni te han educado religiosamente poco puedes conocer por dentro salvo estereotipos y caer en eso da lástima ya en estos tiempos que corren) constructiva, a ser crítica también, o a no dejar que personas que no conozco eduquen a mis hijas o hijos de forma errónea e insana (en caso de tenerlos), por mencionar algunos ejemplos. Me han enseñado también que puede haber una fe racional, si me permitís la contradicción, que no se deja mover ciegamente por ABC o La Razón. Por desgracia, no he conocido a nadie así hasta la fecha salvo ellos.

Pero obviamente, hasta mis casi 28 años han pasado muchos años y muchas cosas, y yo de pequeña vivía en ese universo. En un universo kiko que, como decía, no me molestaba ya que no conocía otra forma de vida. Guardo muy recuerdos buenos de esa época jugando con mis amigas de la parroquia. Jesús también estaba omnipresente en sus vidas. Y quizá me haya equivocado antes, porque eso me producía a veces unas comidas de tarro impresionantes. Por un lado, se suponía que me veía y estaba siempre, incluso de noche, a oscuras, y eso me daba terror, por si fuera poco el miedo que ya le tenía de por sí a la oscuridad. Por otra parte, yo tenía cacaos mentales del tipo que veía un edificio y pensaba (y decía, para sorpresa de la gente) cosas como “Jo, qué rápido está construyendo Dios esa casa”. Porque si a mí me decían que Dios lo había creado todo, ¿por qué no también las casas? La última cosa que me producía confusión era mi padre. Cuando era pequeña estaba tan, tan flaco y demacrado (el típico hombre que come y no engorda hasta que entra en los 50 años, momento en el que de repente su pancha decide al fin rebelarse) y llevaba tal barba que yo pensaba a veces que igual Jesús era también mi padre y por eso me veía siempre. Eso tendría sentido.,

Pero bueno, en realidad todo eso no me supuso mucho problema, al menos hasta los 7-8 años, cuando me empezaron a llevar a las catequesis para hacer la comunión. El problema venía con que la mayoría de los niños me parecían unos repelentes y un poquito sumisos. Y también, con que la verdad que a mí todo me entraba por una oreja y me salía por la otra porque no entendía nada de nada y al final desconectaba. Sólo recuerdo de esa época que nos ponían vídeos de una especie de teleñecos que enseñaban valores tipo “la reconciliación” y todas esas cosas, y recuerdo que eran tan horripilantes que por la noche luego no podía dormir. También recuerdo que el día que iba a catequesis coincidía con que también tenía clase de religión en el colegio, y como igual acababa de ver lo que decían podía pasar desapercibida o incluso como buena alumna porque ya me las sabía todas y sólo había que repetir.

Recuerdo que con algunas amigas del colegio y con mi hermano usaba a Jesús y las cosas que me decían en catequesis a mi antojo. Un buen ejemplo era que siempre le solía decir “No se devuelve mal por mal”, pero luego yo se la devolvía. Era un poquito bitch, sí. Pero en mi defensa tengo que decir que hasta los 10 años mi hermano me molestaba bastante y las peleas eran continuas, sobre todo cuando me llamaba “niña” despectivamente (no sé si lo he mencionado alguna vez, pero entonces me gustaba poco ser una niña). Pero problemas espirituales, ninguno. Aunque para mi vergüenza debo confesar que aprendí el vocablo “ateo” a los 11 años aproximadamente gracias a mi amiga Marina. Yo decía “pagano” porque era lo que decían en la Biblia.

Los problemas reales empezaron a llegar años después, cuando me apunté voluntariamente a las catequesis de confirmación hace unos once años. Yo a los 16-17 me había convertido en una pequeña talibana tras una peregrinación a Colonia en 2005. Mis padres me enviaron junto a la parroquia de mis primas (primas por parte de padre) al viaje porque pensaron que igual así se me pasaban un poquito los trastornos alimentarios. Años después vieron que la solución mejor era la terapia seria y profesional y me llevaron a un centro decente (el mejor de Valencia, además). El caso es que un año antes de que eso ocurriera, a los 15-16 (4º de Secundaria) empecé las catequesis y escuché charlas sobre educación sexual muy deficientes y completamente torcidas, tóxicas y de slut shaming por parte de un grupo de jóvenes que bien podrían haber hecho de dobles de los de “Amo a Laura”. Nos pusieron, por ejemplo, la metáfora del celo. El celo cuando lo pegabas y despegabas en varios lados dejaba de pegar, dejaba de funcionar bien. Sí. A mí, que aún no había entrado de lleno en mi época talibana, no me acababa de sonar bien. De hecho, no recuerdo que nadie de los allí presentes estuviera de acuerdo. No obstante, me afectó muchísimo a partir de los 18 años y también me hizo interiorizar cierta misoginia y un muchito de machismo.

No culpo a mis padres, que de hecho siempre me dejaron libertad para hacer o deshacer y nunca me han hecho ningún comentario acerca de mi forma de pensar o de mi forma de vivir. Pero llegaron unos catequetistas y la jodieron un poco.