Mi infancia – Navidad y Reyes

Cuando era pequeña, la Navidad era un tiempo mágico. Como me criaron en un movimiento tirando a lo fundamentalista en bastantes aspectos, ni mi hermano ni yo teníamos lo que comúnmente se conoce como “Papá Noel”. Recuerdo que cuando tenía unos ocho-nueve años se empezó a poner de moda, y más como un rechazo a lo “pagano” (la palabra ateo no la aprendí hasta los 12 años aproximadamente y se lo debo a mi amiga Marina) que como una reacción antiyanki, en mi casa los regalos los traían únicamente los Reyes. Eso hacía que durante todas las Navidades yo estuviera expectante, ilusionada y especialmente nerviosa. Bueno, y que también me diera tremenda lástima no poder jugar con las cosas que me habían echado, razón por la que ni corta ni perezosa me presentaba el día 7 en clase con algunos de mis regalos para poder jugar con ellos en el descanso del comedor.

Yo entonces no me daba cuenta de todo ese fundamentalismo, y la verdad es que no acabé de entender hasta qué punto había determinado mi vida hasta los 25. Con 7 años poco te puedes plantear. Lo que importa es que yo adoraba la Navidad, las luces, el misterio y los regalos. Recuerdo que en la parroquia de mis padres había tanta pasta que el día 5 por la tarde alquilaban un helicóptero en el que iban montados los tres a los que les había tocado hacer el papel, también de la parroquia. Y tenía su gracia porque los padres les dejaban los regalos en una sala, indicando con etiquetas para quién era cada cosa, y tú llegabas allí y resulta que, efectivamente, el Rey Mago sabía perfectamente quién eras, te llamaba por tu nombre y te quedabas patidifusa.

También recuerdo que cuando no íbamos a la Misa del Gallo en Nochebuena, mis padres, mi hermano y yo hacíamos nuestra celebración en casa y cantábamos villancicos y salmos. Como nota aclaratoria, la agenda que se me inculcó y todas las movidas mentales que me causó posteriormente fue más cosa de lo que escuché en la iglesia que de lo que escuchara de mis padres, si bien algunas circunstancias familiares también me influyeron para mal. No obstante, puedo dar gracias de que me crié igual que mi hermano y no diferenciaron por ser chica. El caso es que no recuerdo muy bien qué solíamos hacer el día 25. Unos años comíamos con mi abuela y algunos de mis tíos (mi padre tenía 3 hermanas y 3 hermanos) y nos juntábamos allí tanta gente que la abuela siempre temía por que no hubiera suficiente comida.

Años más tarde, se cambió el orden y cenábamos todos juntos el día de Nochebuena y la Navidad la pasábamos los cuatro, mis padres, mi hermano y yo. Mi yaya se iba esos días a Barcelona con mis tíos y solía estar con nosotros en Nochevieja, Año Nuevo y, por supuesto, los Reyes. Los Reyes, definitivamente, era el día más especial de todos. Nunca me llevaron a la cabalgata del día anterior porque no quería, me daban cierto miedo esos señores. Si era aquello del helicóptero en la parroquia sí que pasaba por el aro porque aquello era espectacular, verlos bajando del cielo. Pero lo de la cabalgata no iba conmigo. De hecho, tenía una relación rara con los Reyes Magos.

Por un lado, era mi día preferido de todo el año porque, insólitamente, solían ser más que generosos conmigo (me pregunto de dónde sacarían mis padres tanto dinero). Pero por otro, me aterrorizaba el pensar que tres señores mayores a los que no conocía de nada pero que me estaban vigilando todo el año desde no se sabe dónde irrumpieran en mi casa en medio de la noche mientras dormía. Lo encontraba, además, extraño. ¿Por qué no podían traer los regalos estando nosotros presentes? ¿Por qué rehuían el contacto? ¿Qué tenían que esconder? ¿Entrarían a mi cuarto a asustarme?

Por la mañana, el comedor estaba cerrado hasta que mi padre nos daba permiso. Nos volvíamos locos viendo los sofás llenos de regalos para todos. Luego, nos arreglábamos e íbamos a misa. Y después, íbamos a casa de la abuela, donde esperábamos a que llegaran todos los primos (somos unos veinte por parte paterna) para poder abrir la puerta del salón. Recuerdo la espera bastante larga y horrible, aunque puede que no llegara ni a media hora. Pero imaginaos el escándalo de un montón de niños de menos de diez años gritando, llorando, hablando, intentando guardar fila en el pasillo. Aquello era una locura. Y nada más abrir la puerta se producía una pequeña estampida. Después íbamos a casa de la yaya, donde nos esperaban también los tíos y las primas de Barcelona, y abríamos los regalos que nos habían dejado los Reyes allí. Mi yaya era realmente generosa con nosotros en Reyes y la verdad es que me da lástima no haber sido más agradecida con ella.

Cuando me hice más mayor encontré cierto alivio al saber que los Reyes eran un cuento mágico, aunque también me dejó algo triste. Si aquello no existía, ¿qué pasaba con el resto? Y como yo hasta los nueve años fui un poquito de aúpa, recuerdo que le amargué las Navidades a mi amiga Paula porque se lo conté nada más enterarme. Yo no sabía guardar secretos.