Mi infancia – Mi padre

Cuando era pequeña, mi padre tenía muy mala uva. Lo recuerdo a menudo bastante cabreado y con un genio de mil demonios. Podría decirse que mi padre es una de esas personas que han podido cambiar. Quizá por él siempre he estado convencida de que el carácter más o menos pesimista, o gruñón, o egoísta o cualquier rasgo negativo de una persona se puede limar. Otra cosa es la personalidad, los gustos, las aficiones. Pero si alguien se lo propone de verdad, si es capaz de ver un problema y pone medios para ser mejor, pienso que es posible mejorar.

No es mi intención venir aquí con un discurso estilo Mr.Wonderful, porque a pesar de que al principio eran como muy chachis, sus mensajes han ido evolucionando hacia una forma de pensamiento que no me gusta nada, un poco tóxica, que no tiene en cuenta las circunstancias de cada persona, el contexto, el background. Muy neoliberal, básicamente, ese rollo de que todxs nacemos con las mismas oportunidades y tenemos las mismas posibilidades de tener éxito en la vida cuando sabemos que no es así.

Mi intención simplemente es hablar de una persona que con el tiempo se ha convertido en un ejemplo no sólo para mí, sino para muchas de las personas que están o son cercanas a mi familia. Recuerdo cuando éramos pequeños que mi hermano siempre se solía llevar galletas porque se portaba fatal. Yo sólo recuerdo haberme llevado una en una ocasión que me puse muy burra y hecha una furia. Con los años, mi padre ya no es ese hombre que podría haberse convertido en ese viejo cascarrabias que entra en cólera cuando los niños encalan la pelota en su jardín. Con los años, a mi padre se le ha hecho un corazón de carne en lugar de hierro, y un carácter bastante afable, aunque siga hablando igual de alto.

Creo que ya lo conté una vez, pero de pequeña siempre pensé que mi padre era Jesús, o al menos, de su familia, porque estaba igual de demacrado y tenía la barriga igual que cualquier Cristo de cualquier cuadro, para adentro y con esas curvas marcadas. También es que mi padre se gastaba una buena barba. Y ciertamente, en su caso, le ha salvado y le ha ayudado esa fe de la que tanto habla siempre (maravillas). Mi padre es la persona con más fe que conozco, y quizá el mayor fan de Jesús junto con Ned Flanders, sólo que sin ser repelente y sin estar metiéndote en la sopa al Señor en cada conversación. Mi padre es creyente, ojo, pero no es un borrego. Mi padre es kiko, pero no es fan de HazteOír y no le ha gustado nada la movida del autobús. Tampoco le gusta la gente que juzga gratuitamente y mete en sacos de bueno y malo todo lo que se mueve. A mi padre no me le gusta la gente que se mete a comentar y discutir en los muros de diarios cuestiones políticas y religiosas.

Yo he ido haciendo más relación con mi padre a medida que me fui haciendo más mayor y conforme mi madre entró en aquel pozo, allá por el año 2007, del que aún no ha podido salir. No obstante, siempre he conseguido ablandarle el corazón a mi padre porque en realidad yo soy la niña de sus ojos, y porque nos parecemos mucho en el carácter. Y he aquí el origen probablemente del mal genio que sale de mí más frecuentemente de lo que me gustaría.

Mi padre era artista. Hacía cosas de cerámica y también pintaba de todo, aunque lo que más abunda son cuadros de su estrella, Jesús, como buen fanboy que era y es. Pero en este país ya se sabe con el arte y esas movidas que no entienden de optimización, robotización y capitalismo extremo a lo discurso de CEO de startup que en realidad ha triunfado porque sus padres tenían mucha pasta y pudo contar con un buen colchón. Mi padre siempre ha lamentado no poder ir a la universidad, y tiene un afán por aprender inagotable. A mi padre le pirran los documentales aburridos del Canal de Historia, esos en los que siempre sale la misma voz en off. A mi padre le gusta mucho leer. A mi padre le gusta mucho dar besucones y achuchones, lo que pasa es que yo soy una arisca del copón y a veces no me dejo. A mi padre le gustan mucho los niños.

Mi padre rezaba conmigo antes de irme a dormir, en la cama, al menos hasta los 11 años, creo recordar. Me gustaba porque era como un ritual. También me leía la Biblia del niño, que tenía muchos dibujos y aún la guardo en mi cuarto. Mi padre me llevaba en moto a todos lados, y a mí me encantaba. Era la niña más rara y que más molaba de las catequesis porque mi padre me llevaba en su moto rockera, que decía yo. Mi padre ha tenido como unas cinco motos, de forma consecutiva, no a la vez. Y siempre ha tenido que acabar vendiéndolas.

Sólo he visto a mi padre hundido una vez en mi vida, en 2008, y por suerte nunca más lo he vuelto a ver así. Soy cristiana por bautismo, pero ahora mismo soy una mierda de cristiana, supongo. No soy practicante y no soy muy crédula a veces. Y también, no creo en el dogmatismo en el que caen muchos grupos de la Iglesia que me hacen que me repela aún más todo este tema. No obstante, puedo decir una cosa: si la Iglesia no estuviera tan obsesionada con la virginidad de la gente (y la sexualidad, en general), a mi padre lo harían santo. Y a la pobre de mi madre la pondrían a su ladito. Porque también sufre lo suyo.