Mi infancia – Mi madre

Cuando era pequeña, mi madre era algo así como una amiga más, como una especie de hermana que no había tenido. A muchas niñas de mi clase les fascinaba porque “no parecía una madre”. Con eso se referían a que mi madre parecía más joven que las demás, que molaba cómo vestía, que era moderna, que hablaba distinto. Para mí, mi madre era el ideal de belleza y de persona, yo quería ser como ella cuando fuera mayor.

Ahora miro fotos de aquellos años (los noventa) y veo a una mujer guapísima, demasiado delgada, con una gracia para vestir increíble y una simpatía, un sentido del humor y un corazón muy grande. Pero todo eso escondía una gran tristeza y una historia cuyos detalles, hasta día de hoy, sigo sin conocer en su totalidad. Yo estaba muy unida a ella. De alguna manera lo sigo estando, y de la misma forma infantil de entonces, la mayor parte de las veces inconscientemente. De alguna manera, a veces necesito que mi madre esté bien.

Mi madre era profundamente anticlerical (yo diría que lo sigue siendo), lo cual es una gran contradicción si ya habéis leído alguno de mis artículos anteriores. En realidad, mi madre era y es una gran contradicción, algo que creo que es más común de lo que pensamos. El caso es que mi madre empezó a trabajar para el Arzobispado de Valencia gracias a la amistad que ella y mi padre tenían con un sacerdote, aún muy cercano a mi familia. Tuvo como dos épocas. La primera, en un edificio donde se hacía la carrera de Teología y donde a pesar de todo trabó una buena amistad con un cura llamado Enrique y con un exprotestante que años más tarde se volvió a convertir al protestantismo llamado Gerson, quien creo que estaba a la vez algo enamorado de ella (pero esto sólo son conjeturas mías). Los dos fallecieron recientemente, víctimas del cáncer.

La segunda época fue la de la calle Avellanas y el edificio principal del Arzobispado, donde a pesar de encontrar un par de buenas amigas se llevó muchísimos disgustos por la gran cantidad de trepas, enchufismo, machismo y desigualdad de condiciones que se encontró. Mi madre tampoco acababa de ser bien vista porque decía lo que pensaba, porque era crítica y porque era una gran fan de Almodóvar. Esos últimos años, mi madre trabajó en la parte de donaciones y cosas tipo nulidades y ayudaba a un cura muy blandito llamado Don Vicente, que ahora tiene alzhéimer. Dudo que siga vivo aún, de hecho, pero no lo sé a ciencia cierta. Don Vicente era de un pueblo donde se habla valenciano y a veces, cuando sus amigos curas le visitaban, aprovechaba para que conocieran a su simpática y guapísima ayudante porque no se creían lo que les contaba.

No obstante, llegó un día en que mi madre no pudo más y cogió la baja, yo diría que allá por 2004. Desde entonces no ha vuelto a trabajar. Pero tenía buena memoria, y cada vez que tenía una profesora nueva de religión, mi madre me lo contaba todo sobre esa persona. “Ah, no sé quién. Madre mía, esa es una enchufada de cuidado. Yo diría que ni tiene carrera. Pero es que es hija de no sé quién, ¿sabes?”. Yo creo recordar que luego no chivaba esas cosas a mis compañeras, pero me encantaba saber esos detalles tan vergonzosos. Mi madre se conocía todos los trapos sucios de la gente que trabajaba en el Arzobispado. TODOS.

Mi madre también sabía contar buenas historias. Además, le pasaban cosas bastante absurdas, lo cual ayudaba. Pero eso no le quita el mérito de ser tan divertida. Adoraba a mi madre, ya lo he dicho, ¿no? Se lo podía contar todo y no se escandalizaba, ni conmigo ni con mi hermano. Pero mi madre también tenía sus defectos, sólo que yo hasta los 19 años, cuando empecé a rebotarme bastante, no los veía.

Mi madre siempre cenaba una tortilla francesa y hervido. Todos los días. Mi madre no comía lo que mi padre, mi hermano y yo. En realidad, no la vi comerse una tortilla de patata de esas tan babosas que hacía mi padre hasta que se dio de baja. Mi madre siempre estaba a dieta. Era la reina de las dietas, y se las pasaba a veces a las madres del colegio que querían adelgazar. Yo no me di cuenta de todo lo que esto significaba hasta hace unos pocos años. Si hubiera medido diez centímetros más, mi madre podría haber sido modelo. Yo me ponía a llorar cuando no me estaba su ropa. Ahora es ella la que llora si ve fotos de hace quince o veinte años. He visto llorar a mi madre muchas veces y es lo más insoportable y doloroso que hay.

Mi madre nació en Alcoy en 1959 y me tuvo a mí en 1989. Se casó con mi padre en 1979, muy joven, para salir de casa. Yo nunca he entendido su mala relación con la yaya, pero tampoco me lo han explicado nunca. Ella entonces estudiaba Filosofía y Letras y quería especializarse en Psicología. A mi madre se le daba muy bien la lengua castellana. Mi madre había tenido muy buenos amigos en el instituto, ya una vez mudados mi yaya, su hermano y ella a Valencia. Ella siempre dice de broma que cuando conoció a mi padre, él la engañó con su apariencia y pensaba que tenía más dinero, cuando estaba pelado como una rata. Entonces llevaba unas pintas finas, finas. Llevaba el pelo largo, una boina y unos vaqueros que lavaba una vez por semana, y cantaba en valenciano en un grupo llamado Assaig con varios amigos. A mi padre le sigue gustando Raimon aún hoy.

Yo aprendí de forma inconsciente de su historia de amor el mito del amor romántico de primera mano. Y hasta los 24 quise encontrar lo mismo, lo cual me hizo darme de tortas contra la realidad y contra la toxicidad demasiadas veces en forma de relaciones desastrosas. Me llevó tiempo desaprender todo eso, lo cual no quita que no quiera a mis padres, y lo cual tampoco quita que también haya podido extraer mis lecciones.

El 28 de julio de 2007, mi yaya murió. Y mi madre cambió para siempre. Hoy, aún se reconocen cosas de su mejor yo y aquellos años en los que mi madre fue todo para mí. Hay días en los que no. Y yo, a pesar de todo lo llovido desde entonces, he aprendido a quererla, aunque a veces también la añoro.