Más años, más yo

Cuando cumplo años tiendo a reflexionar mucho sobre mi vida, o al menos he cogido esa costumbre desde los 25 (es decir, desde hace dos años), quizá también porque es la etapa en la que más he crecido como persona. No sin la ayuda de pocas pero muy especiales personas he cambiado muchísimo, gracias a las que he aprendido a ser una persona más tolerante y abierta, más crítica, más consciente, y también más asertiva.

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No es moco de pavo. Cuando no te enseñan cómo son verdaderamente las relaciones sanas de pareja, cuando sólo has aprendido a base de construcciones sociales de esas que se pasan de generación en generación (hola, amor romántico que-todo-lo-puede y por el que hay que sacrificarse) o cuando te has criado escuchando sermones de catequistas afectiva y socialmente torpes, es difícil liberarse y cambiar el chip por completo.

En mi caso, las tres condiciones se dieron y me catapultaron hacia una adolescencia y primeros veinte bastante desastrosos. Primero, porque juzgaba muy duramente a las personas que no pensaban como yo. Segundo, porque el pensar eternamente en hacer lo que se suponía que estaba bien no me dejó disfrutar de esos años. Tercero, porque todo lo que vi y escuché me hizo creer realmente en un tipo de amor que sólo lleva al sufrimiento y ante el que no me supe defender. Y todo ello aderezado con unos trastornos alimentarios del copón.

Pasé años encadenando relaciones muy tóxicas, muy desiguales y bastante machistas. Era yo la que siempre ponía de más, era yo la que al final cargaba con todo el peso, era yo la que hacía los sacrificios, era la que daba y no recibía, era la que se dejaba hacer jugarretas, era la que se dejaba callar, era la que sufría. Y aguanté todas esas cosas porque pensaba que el amor era así. Afortunadamente todo eso fue cambiando poco a poco, a medida que fui adquiriendo consciencia de mi valor como persona.

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Y aquí intervinieron varios factores esenciales para que, finalmente, a partir de los 25 haya podido ser una persona feliz:

  • El haber escuchado a mis amigas.
  • El haberme encontrado con Edgar, una de las personas más generosas y bondadosas que he conocido.
  • El haber retomado el contacto con mi familia de Barcelona, y en especial con Natàlia, quien me ha abierto la mente y me ha enseñado en la distancia a ser una persona más consciente y más abierta hacia otras realidades.
  • El haberme abierto este blog, con el que he aprendido a pensar y a través del que he conocido otros blogs muy interesantes y que me han permitido aprender.

En fin, adoro cumplir años. Cada año que pasa estoy más satisfecha conmigo misma, aprendo cosas nuevas y mejoro interiormente. Así que que les den a las construcciones sociales y que les den a los que pretenden imponer sobre las mujeres la estupidez de la eterna juventud.