Hablemos de los pueblos playeros de clase media

Recientemente he descubierto que en momentos en los que solo ves errores en tu vida, en los que todo está mal, visitar los lugares en los que has sido feliz cura. Quizá su efecto no dure lo suficiente para alcanzar el día siguiente, el resto de la semana, lo que queda de mes o lo que queda de tu vida. Quizá sirva solamente para esa mañana, esa tarde, esa noche o, si suena la campana, todo ese día. Y eso no es nada desdeñable. Todo lo contrario: que algo te alivie aunque solo sea unos segundos ya es toda una victoria cuando los vaivenes hacen acto de presencia más frecuentemente de lo que nos gustaría. Como a veces es mi caso.

Desde que estoy de vacaciones me he sorprendido acordándome de escenas de mi infancia y de sensaciones que, previsiblemente, tuvieron lugar en distintos sitios playeros. Hecho predecible desde fuera, desde luego, pero no tanto desde que de vez en cuando esa nube negra me hace olvidarme momentáneamente de todo lo que me gusta hacer. Efectivamente, mi mejor amiga siempre ha dicho que me tendrían que haber puesto de segundo nombre Playita. Es un hecho: me he pasado media infancia frente al mar y una vez me meto en el agua puedo pasarme un buen rato. Tampoco le echo ascos a la piscinas; en realidad, sueño con ellas. Y supongo que por estos recuerdos, los lugares de playa y, sobre todo, esos pueblos playeros que se llenan estacionalmente de clase media durante sus vacaciones, me calman y me ponen de muy buen humor y bastante contenta.

Ya veis. Algo tan simple como proporcionar a tu mente aquellas sensaciones que evocan las buenas vivencias de otros tiempos, no siempre mejores pero desde luego mejor recordados por nuestra memoria. Y ya digo que su efecto no es mágico, pero a mí me sirve para dejar de pensar en todas esas cosas que me preocupan y dejar descansar a la cocorota un poco, porque desde luego se lo merece. Doy gracias, de todas formas, de que soy una persona que se ilusiona con cosas bastante sencillas. Basta un vasito de helado gigante; un paseo por la playa (y/o un baño); una tarde en un supermercado enorme para conocer y quizá probar comida que Mercadona no me va a ofrecer nunca; comer con Edgar; o pasar una noche viendo Netflix o no haciendo nada con amigas.

Pero los pueblos playeros de la Comunidad Valenciana, a esos la verdad es que los llevo muy cerca. Puede que por eso me moleste tanto el clasismo y los viajes, vacaciones o estancias clasificadas de primera, segunda o tercera por gente bien posicionada o por pobres de clase media sin conciencia de clase. Una lástima, con la de cosas guays que nos dan. ¿Acaso hay algo mejor que el olor a plástico de flotador? ¿La people vistiendo de cualquier manera porque son vacaciones y, en concreto, la ropa del mercadito que se ve por los paseos de las playas? ¿Los colores fluorescentes? ¿El mal gusto kitsch? ¿Las colchonetas de forma o temática insólita? ¿Jugar en la arena de la orilla mientras tu madre te llama a gritos para que vayas a ponerte crema? ¿Las heladerías abarrotadas en las que la espera merece la pena? ¿El sonido de las olas? ¿El olor del mar? ¿Las abuelas y abuelos que cogen sitio pronto y se vuelven a buena hora? ¿Los nombres tan horteras de los apartamentos? ¿La celebración de lo más mundano?

Yo no veo la hora para volver dormirme y despertarme en uno de estos pueblos playeros. Como tampoco la veo para volver a esa heladería situada junto a esa extraña figura de pirámide que me inquietó hasta los diez años. O para disfrutar plenamente de las vacaciones con la inocencia y la sencillez de una niña que no espera nada y lo espera todo, y para la que el futuro aún no existe.