Lo ordinario

Bloqueo sano

Últimamente me pasa lo siguiente: tengo muchas ganas de escribir, pero no encuentro ni las fuerzas ni el momento. Lo raro en este fenómeno no son las ganas, si me leéis huelga decir que escribir es una de mis mayores pasiones. Lo insólito es la falta de concentración, por un lado, y la falta de huecos, por otro. Supongo que como resultado de cuatro años en los que literalmente no he parado sigo un poco exhausta, a menudo inconscientemente, y ni mi subconsciente ni mi consciencia quieren volver a pasar más estrés. Y si es innecesario, menos. Exigirme más de lo que estoy haciendo, más de lo posible, no solo sería injusto, sino poco sano.

Despacito

Así que por primera vez en mi vida me estoy permitiendo hacer las cosas despacio. También me estoy permitiendo no agobiarme en la medida de lo posible. Ya no hay necesidad. En realidad, nunca la hubo, salvo las continuas exigencias de un neoliberalismo desatado y sin garantías como es el español. Y en cierto modo, hasta que no vi de verdad el sinsentido del esclavismo moderno no me paré en seco y cambié mis prioridades. Sí, intentar tener las necesidades básicas cubiertas, pero sin morir en vida.

Ahora mismo, llevo un poco más de dos meses de adaptación a mi nuevo entorno. Eso cuesta también lo suyo. Distintos horarios, sí, pero también distinto clima, distinto idioma, distinta sociedad, distinta concepción de ti por parte de la gente de aquí (ahora eres inmigrante, ojo cuidao) y muchos, muchos procesos de ruptura y duelo, a veces fácilmente autodetectables, otras veces simplemente un torbellino de emociones que aún no sabes cómo llamar ni explicar. Lejos de la idealizada imagen que vendía Españoles por el mundo, emigrar es otra cosa. Es una gran experiencia y es un regalo en muchos aspectos. No puedo dejar de dar gracias de poder estar aquí, en Gävle, porque me encanta. Pero no hay que olvidar los procesos. Tus procesos. Y cómo te adaptas y te enfrentas a una situación completamente distinta también es un desafío. Los cuidados siempre son necesarios, cuidarse de verdad. Y en estas circunstancias yo diría que se hacen aún más imprescindibles.

Cuidarse y aprender a ser conscientes. Fijaos, en agosto pasamos tres días en Benicàssim en un albergue frente a la playa. Lo pasamos muy bien a pesar de que el sitio no era como esperábamos (a veces, ya se sabe con los albergues juveniles). Pero tenía una piscina enorme y teníamos una playa preciosa a menos de dos minutos, nos hizo un tiempo muy bueno y además, tuvimos la suerte de que el pueblo estuviera tranquilo y sin apenas gente, y eso que en unos días empezaba el Rototom. En el albergue había un grupo de marroquíes jóvenes que estaban dentro de un programa de cooperación. Y en una de esas, escuché al monitor una cosa de esas que piensas, oye, qué tontería, pero cuánta razón. Les dijo algo así como que pararan un momento. Que miraran dónde estaban. Que observaran la piscina. Que alzaran la vista al cielo. Que qué bien estar allí. Qué fortuna. No había, por cierto, un tono condescendiente en ello. Y llamó mi atención porque esto ha sido algo que me ha costado mucho siempre: darme cuenta de tantas cosas buenas que he tenido o que tengo.

Lo ordinario, yavestruz

Lo he hablado con mi psicóloga en varias ocasiones. En la vida podemos contar con los dedos de una mano, a veces de las dos, los momentos verdaderamente extraordinarios, esos que a menudo se les describe como loterías. El resto de momentos son muchísimos más y van a conformar y determinar más tu vida, por lo que deberían merecer más atención. Porque definitivamente, de encontrarse en algún sitio, la felicidad estará ahí. En el resto de días, meses, años aburridos, meh, malos, normales, buenos, que forman parte de nuestra vida. Y qué tontería, pero qué difícil es ver y apreciar lo que tenemos delante. Una siesta con Pushkus. Un paseo con Edgar. Una tarde aburrida de domingo con Marina repantigadas en el sofá y viendo Netflix. Una noche de pizza italiana casera con Federica, Ricard y su nena. Una tarde de piscineo con Ana. O de playa con Mari. Un helado con Carlos Alberto en Pobla de Farnals. Una mañana de gimnasio con los amigos de siempre del gimnasio, quejándote un poquito o hablando de lo mítico y representativo de American Idiot para nuestra generación. Un mediodía con Paula. Un poco de marujeo con Cris. Qué tontería. Pero qué tontería más importante.

Voy a soltar una obviedad: estamos aquí de paso. Pero de paso con todo y en cualquier lugar. Así que me voy a seguir con eso que me ha tenido tan ocupada y eso a lo que estoy intentando dar más importancia: lo ordinario, lo normal, la vida física. Y a pasar la semana, el mes, el año, o lo que sea, recordando que qué bien estar aquí. Pero sin perder el norte; que nadie quiere que Mr.Wonderful se apodere de nuestras vidas.

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