La vida está llena de partos y no nos damos cuenta

La vida está llena de partos y no nos damos cuenta. En sentido literal, porque todo lo que rodea a los nacimientos y los procesos por los que pasamos las mujeres generalmente se borran, se silencian o simplemente no se les da importancia. Hablamos del bebé, de la criatura recién nacida y nos apresuramos a ponerle etiquetas para que nuestro mundo y nuestra forma de pensar no se tambaleen. Por el contrario, no hablamos de la sangre, del dolor, de la mierda (que la puede haber), del cortecito ese que no debieron hacer o de las elecciones que no te dejaron tomar (o sí, quién sabe).

En sentido figurado, una vez más, no prestamos atención y no hablamos de los partos. No sé si porque al tratarse de procesos que al final son paralelos a esta ocasión femenina se hace lo propio, lo de siempre: hacerlo un tabú; o es que como tantas otras veces no queremos ver y leer lo que nos pasa porque puede doler; o es que no nos enseñan ni a dar espacio a lo que sentimos y vivimos ni a tratar de entenderlo; o es que todo lo que pueda dejar entrever una pequeña herida enciende enseguida la alarma del estigma social de las enfermedades o procesos mentales. Yo diría que en estos casos más bien no tiene que ver tanto con la primera posibilidad como con que nuestra propia mente nos da miedo y la aceptación social es una máxima a la que las personas aspiran a menudo de forma enfermiza (porque, díganme ustedes, ¿quién es normal en esta vida?). Porque la vida pasa deprisa y hay que disfrutarla. Pero ahí están una y otra vez los partos. Esos que te han ido empujando más poco a poco o bruscamente a una edad adulta que imaginabas distinta.

Llevo días, puede que semanas, dándole vueltas a esto de los partos, quizá también porque últimamente he estado hablando de ello con mi terapeuta. La cosa es que llevo dos partos en los últimos cinco meses. Hablo de partos figurados, pero muy físicos y muy reales. En septiembre sentí que todo me estaba empujando y echando del vientre materno de forma bastante cortante, autoritaria y desagradable, sin tener yo apenas margen para decidir. Porque en caso de duda de cuál rumbo tomar, al final ahí está la naturaleza para ponerte en tu sitio (en el que ella cree, no en el que tú quieres estar) con un buen puntapié (¡Allá va Bill!). Primero falleció Pushkus, a los tres días acabé la segunda carrera y la relación con mis padres ya había dejado de ser un problema. “Rocío, vete ya” es lo que puede que Pushkus me estuviera gritando desde su trono de algodón a la izquierda del Padre (a la derecha está Jesús y Pushkus además siempre fue muy revolucionario, así que mejor a la izquierda). Pero fuera del vientre hace mucho frío. Yo entonces estaba un poco cagada de miedo. Me sentía tan fuera del hogar, sentí un cambio tan drástico que me costó adaptarme. Pero Gävle ayudó, no obstante, porque la ciudad es una maravilla.

Y tras cuatro meses de mayor o menor tranquilidad en un entorno idílico, he tenido que salir del vientre al que ya me había acostumbrado, el de Gävle, para establecerme en Linköping. Otra vez, de forma repentina, brusca y sin margen, si bien con mejores perspectivas de futuro que las que había tenido hasta el momento. El segundo día del año, después de unas Navidades suecas muy especiales, me confirmaron que tenía trabajo allí. El catorce de este mes me mudé allí, sola, a un piso provisional con lo justo (cama, mesa y cubiertos) que me habían prestado (y que no agradeceré lo suficiente por el gran problema de los pisos que hay en Suecia) en el que he podido estar hasta la mudanza al piso definitivo (mañana). He tenido la suerte de que en realidad apenas he estado dos días completamente sola. Gracias a la chica que me prestó el piso he podido conocer a la persona que me ha ofrecido su casita para a partir de febrero y he podido hacer dos amigos que me han arropado y me han acogido como a una más.

No tenemos elección cuando salimos volando de la chimenea como Bill, lo único que podemos hacer es asumir que hemos salido despedidas y hacer lo que está en nuestra mano: darnos tiempo, ser comprensivas, intentar entender qué ocurre y por qué nos está haciendo sentir así y tratar de aterrizar de la mejor forma posible. En mi caso, la verdad es que he tenido mucha suerte: en Gävle aterricé en un entorno que ya conocía y bajo la compañía de Edgar (bae). Y ahora he caído en un abrazo amigo y la generosidad de otros expats españoles, a la espera además de que bae llegue mañana a mudarse conmigo. Y es que por fin las cosas van encajando: a él también le ha salido una buena oportunidad allí. Desde ahora, las cosas ya solo pueden ir mucho mejor. Porque nada será nunca exactamente como queremos; sin embargo, sí que puede acercarse un poco y nos puede abrir caminos que ni siquiera habíamos considerado y que, oye, resulta que también nos pueden hacer felices.

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