Mi infancia – Primeros recuerdos

Me he propuesto escribir parte de mi historia como forma de autorreflexión (si existe esa palabra) y aprendizaje. Así que aquí me encuentro, un 4 de enero, llenísima porque hemos celebrado los Reyes hoy en lugar del viernes y el roscón siempre me sienta mal. En fin.

Primeros recuerdos

No tengo muy claro cuáles son los primeros recuerdos de mi infancia porque no tengo clara la edad a la que los viví (hasta que no empecé preescolar no empecé a tener realmente una concepción clara del tiempo). Recuerdo a mi hermano subido a una mesa montando un espectáculo en Mimos, la guardería de la calle Vinalopó a la que íbamos. Mi hermano siempre fue un show y uno de los niños más populares de su clase, siempre. Yo, sin embargo, siempre fui más tímida y callada. El caso es que lo recuerdo allí subido, y los demás nenes, yo incluida, sentados viendo al showman.

Recuerdo que mi yaya nos recogía y nos llevaba a casa, y recuerdo incluso el día en el que hicimos una misteriosa foto en la que aparecía un señor mayor random casi en primer plano que muy probablemente ahora esté criando malvas. No me preguntéis cómo sacó mi yaya esa foto, porque nadie lo sabemos aún. Recuerdo que mi yaya a veces nos llevaba luego al parque de en medio de la plaza Xúquer, que era un nido de drogadictos y basura hasta que lo reformaran. Pero como mi yaya veía que nos encantaba la basura, pues nos llevaba y punto.

Tengo entre mis primeros recuerdos también algunas escenas borrosas en Bellreguard, donde pasábamos alquilados el mes de agosto algunos veranos, y de cuando íbamos a pasar la tarde a Denia. Me acuerdo de cuando mi hermano tiró a Espinete al mar y luego se echó a llorar porque entendió que no lo volvería a ver, o cuando le rompió la cabeza a mi Barbie Sirenita, mi muñeca preferida (escena que por cierto está grabada en vídeo). De preescolar recuerdo cosas vagas, como que el símbolo de mi casillero y de mis cosas de clase era un chupete, o que jugaba a Sailor Moon con mis amigas. Ahí ya estaba Marina, que casi todos los recreos compartía conmigo mi almuerzo porque yo era tan boba que nunca les dije a mis padres que pasaba hambre en el recreo y a ellos no se les había pasado por la cabeza hacerme un dichoso bocata. Marina también me subía la cremallera de la chaqueta porque a mí me costó aprender. Yo era muy especialita.

Recuerdo las mañanas, antes de ir al cole, viendo a Ana Chávarri y a David Pérez en Megatrix. Y recuerdo que a veces íbamos con los vecinos al cole. Hasta los siete años, la yaya nos siguió recogiendo de clase y nos siguió malcriando. Nada más salir, nos llevaba al quiosco de Mari Ángeles y nos dejaba pedir lo que quisiéramos. Yo era más de paquetitos tipo Boca Bits o Cheetos pandilla (entonces Pandilla Drakis), mi hermano más de chuches y de todo en general, no le hacía asco a nada. A estas alturas, me sorprende el cuerpo humano y cómo a esa edad no nos salió colesterol de las cosas que comíamos (coxinaes, que decía mi yaya). En casa, nos dejaba ver las series que mi padre nos prohibía, como Bola de Drac o Les tortugues Ninja (entonces, casi los mejores dibujos eran en catalán o valenciano salvo Sailor Moon), igual por hacerle la puñeta a él.

No recuerdo mi primer dibujo, pero recuerdo que desde bien pequeña me pasaba el día dibujando y pintando y no se me daba mal. Recuerdo que mi padre me hizo una vez un dibujo de la Bella y la Bestia en A3 o lo que a mí me parecía casi un póster (no sé cuál sería su tamaño real) y que disfruté mucho pintándolo. Recuerdo que dibujé muchísimo hasta los 12 años, y que luego lo fui dejando porque el colegio y los estudios mataron mi creatividad (siempre lo demás era más importante). Recuerdo que cuando me preguntaban, yo siempre decía que quería ser pintora, a lo que mi yaya siempre me decía que con eso “no guanyaria diners”. Yo aquello no acababa de entenderlo, pero me daba lo mismo. Hoy me arrepiento de no haber seguido dibujando tanto y de no haber hecho Bellas Artes, a pesar de que dicen que no tiene mucha salida. Tengo claro que cuando sea una mujer ociosa estudiaré esa carrera por amor al arte y sin estresarme.

Recuerdo que en mi infancia mi yaya ocupó un gran lugar, y que yo nunca llegué a apreciarlo porque estaba en la Luna y la mayor parte de las veces no tenía conciencia de lo que pasaba a mi alrededor.

A pesar de mis miles de miedos y mi gran timidez, recuerdo esa época como bastante feliz.