Gävle, el verde y las fikas

No es ninguna obviedad que el contacto con la naturaleza y la tranquilidad te ponen más contenta. Puede que lo parezca, pero yo no daba nada por sentado antes de venir a Gävle. Me he confundido: en realidad sí que daba cosas por sentado, pero se trataba de prejuicios al fin y al cabo. Concretamente, yo siempre había pensado que era una chica de ciudad. Creía en el cemento, el bullicio, las calles comerciales, los miles de restaurantes que rozan la repetición y lo copiamonas y esa aura de civilización que arrogantemente a veces arrojamos desde las urbes, sobre todo cuando se habla de comparar zonas rurales con grandes ciudades. Para matizarlo mejor: pensaba que creía en eso.

Y la verdad es que había vivido infeliz en mi ignorancia, fruto de haber residido siempre en urbes, la primera, una de las reinas españolas del quiero y no llego (ni a la educación, ni a la belleza, ni a la oferta cultural, ni a nada de nada; para incomprensión de muchos, nunca me ha gustado el lugar donde nací) con carácter de ciudad de provincias; la segunda, una pequeña ciudad bastante olvidada del extremo suroeste de la Inglaterra más profunda donde la pobreza y la droga se encontraban en cualquier esquina; y la tercera, una pequeña ciudad bastante poco interesante de Devon, también Inglaterra, donde, no obstante, las babosas mastodónticas solían campar a sus anchas.

Yo no había sido muy feliz en ninguno de esos tres lares, y no había sabido muy bien por qué. ¡Si tenía todo lo que podía necesitar! Sobre todo en Valencia. Cines, miles de tiendas, bares y restaurantes a punta pala, humo de vehículos, estrés, poco trabajo y muy mal pagado, mucha startup del tres al cuarto que pide trabajar gratis y, bueno, una larga playa cuyas aguas beben de los residuos del puerto. Siempre me había agobiado sobre todo en esta ciudad, y no tenía ni pajolera idea de por qué, y de que también, de alguna forma, el capitalismo más extremo había tenido bastante de culpa.

Amigas y amigos aparte, a quienes adoro y quiero, me he dado cuenta de que el asfalto nunca ha sido lo mío. De hecho, ahora mismo sé con seguridad que donde más feliz sería, sería probablemente en una granja sueca del tipo small scale farming (en estas granjas no se mata a los animales) de alguna población pequeña, rodeada de verde, animales y mierda. Lo sé, no es para todxs. Pero he llegado a la conclusión, tras estos meses, de que necesito la naturaleza para vivir. Necesito esos grandes parques, casi a la puerta de casa, que te reciben en primavera llenos de tulipanes, conejos y rincones adorables donde pasar la tarde.

Necesito esos caminos naturales que, en cualquier momento, puedo salir a recorrer en bici y acabar en una colina o en un pequeño bosque. Necesito ese salir a la calle con lo que en mi país se consideran pintas o atuendos frikis, y que la gente no me mire con desdén ni note mi presencia. Necesito entrenar en serio, con material decente, sin aglomeraciones y en un espacio no necesariamente lujoso, como es el humilde y acogedor Hulkboden del Arena Treffen. Necesito esos momentos de tranquilidad y socialización sana como son las fikas, tremendo activo nacional sueco en el que, sin necesidad de un motivo concreto, la gente se reúne para tomar café, té y pasteles, incluso dentro de la jornada laboral. Nos llevan décadas de ventaja.

Por ahora, sólo puedo decir que Gävle me está ofreciendo mucho y, también, me está permitiendo descubrir cosas de mí que ni yo misma imaginaba. Así que, como dice una buena amiga, ¡adelante, Bonaparte!

2 Replies to “Gävle, el verde y las fikas”

  1. Cómo te entiendo!
    De un pueblo pequeño de Toledo pasé a la gran capital de España a la que adoro. Viví algún tiempo en Londres, ciudad que me fascina, después en una ciudad pequeña de Jaén desde donde emprendí un viaje de 7 meses por Asia.
    Una de las cosas que tengo más claras es que en cuanto tenga la posibilidad me iré a vivir al campo. Quiero una casa pequeña de una sola planta, sin jardín, porque para eso vivo en el campo. Donde abrir la ventana por la mañana sea limpiarte de impurezas por dentro y por fuera, y donde pueda leer hasta que se me caigan los ojos mientas la brisa fresca me congela los pies o algún animalito se acerca a acompañarme. Quiero estar lejos del bullicio, pero lo suficientemente cerca para adentrarme en él si en algún acto de locura creo necesitarlo.
    Disfruto de cada ciudad y de cada lugar, pero cuando ya has visto unos pocos sabes mucho mejor dónde tu alma se siente más en paz.
    Gracias por tu blog Rocío!

    1. Gracias a ti por tu comentario, Tania 🙂

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