Hay salida para los animales abandonados si abrimos un poco el corazón

A finales de octubre, Edgar y yo nos topamos con un perrito asustado y sucio en medio de uno de los peligrosos pasos de peatones de la Avenida General Urrutia de Valencia. En apenas unos días, y gracias también a amiguis que sabían bastante de temas perrunos, conseguimos ganarnos la confianza y el afecto de aquel ser temeroso que no osaba salir de debajo de aquella mesa, donde dormía escondido en una improvisada cama hecha con una caja de cartón y un almohadón.

Como no tenía chip, enseguida le pusimos de nombre Fuyur por el movimiento que hacía con sus orejitas al pasear, que tanto nos recordaba al inolvidable perro volador de La Historia Interminable. 10 días fueron los que estuvo de acogida en casa de Edgar. Pocos días, pero suficientes para que el perrito guapo nos cambiara la vida, si no por completo, al menos, en cómo queríamos que fueran nuestras vidas a partir de entonces. Yo, personalmente, aprendí muchas cosas de mí y me hizo darme cuenta de otras tantas que ya intuía, de las que ya hablé en este post de noviembre.

Desde entonces, Fuyur, ahora Flappy, vive en un hogar en el que es muy querido y en el que le han podido dar todo aquello que nosotros, por temas económicos y de estudios, no pudimos. Hogar que se le pudo encontrar gracias a la ayuda de una pequeña protectora de un pueblo de Valencia, Adopta, salva una vida. ¿Y cómo sabemos que el señor perruno está bien? Pues porque fuimos a visitarle hace un par de semanas. Nos reconoció, y parece que se alegró de vernos. Estaba feliz y completamente adaptado a su entorno y a su familia definitiva, que le quiere con locura. Pudimos estar un rato con él y pasearle, y por un momento, nos entró algo de tristeza por el hecho de que las cosas no salieran como queríamos y no pudiéramos darle un hogar estable. Pero al irnos, comprendimos que habíamos hecho lo mejor para él, que tan bien se veía.

Es un tema complicado el de los perros y los gatos abandonados. Pese a los intentos de concienciación, la gente sigue viendo y tratando a los animales como bienes de consumo de los que se desprenden sin ningún tipo de miramiento cuando ya no les hacen la función. En este sentido, el año pasado se abandonaron 137.782 perros y gatos según datos del último Estudio de Abandono y Adopción 2017 de la Fundación Affinity. De ellos, solo un 23% llevaban microchip y un 45% pudieron ser adoptados. Del 55% restante, o bien siguieron en la calle (12%), o fueron sacrificados (7%) o fueron devueltos (16%). El otro 20%, o murieron en la calle, o se les llevó a casas de acogida, colonias, etc. Llama la atención también el dato siguiente: el 57% de estos perros y gatos abandonados eran ya adultos, y el 81%, mestizos, lo cual viene a confirmar que la people sigue siendo clasista (perrito de raza sí, chucho no, que viene con cosas y bichos). Por otra parte, en el caso de Valencia, la ciudad en la que he nacido y he vivido la mayor parte de mi vida, la protectora principal, Modepran, está desbordada.

¿Qué se puede hacer? ¿Qué está en nuestra mano? Podemos sentirnos pequeñxs ante unas cifras tan tristes, pero sí que hay cosas que podemos hacer. En primer lugar, podemos firmar la petición iniciada por la Fundación Affinity y el Observatorio de Justicia y Defensa Animal para reformar el Código Civil y que los animales dejen de ser considerados “bienes semovientes” (básicamente, cosas) para ser “seres vivos dotados de sensibilidad” de una vez por todas, siguiendo el camino de otros países europeos como Austria, Alemania, Suiza, Francia y Portugal. También podemos tener en cuenta los consejos propuestos por el estudio mencionado anteriormente, como reflexionar antes de acoger a un animal en casa; esterilizar a nuestro animal; ponerle un microchip para poderle identificar si se pierde; adoptar en lugar de comprar animales; o incluso colaborar con protectoras haciendo donaciones o siendo casa de acogida. Hay salida a los perritos y gatitos abandonados, como también la hay a mejorar como sociedad, pero solo si ponemos de nuestra parte y abrimos un poco nuestro corazón.

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