Pues ese bicho soy yo

Un bicho peludo y poco aseado. Así es como mucha gente ha visto, ve y probablemente verá a Pushkus. Y en parte, quizá pueda ser comprensible: estas personas no han vivido con él durante su breve y a la vez larga existencia (7 años y medio para una cobaya es toda una proeza genética y animal, pese a su ceguera y sus teclas), y no lo conocen como lo conozco yo.

Mi relación con Pushkus es peculiar. Yo le quiero, (creo que) él me quiere, todos nos queremos y somos felices. Amor aparte, debo admitir que yo lo he llegado a personalizar bastante. No lo digo como algo malo. Realmente, no es que viva yo en un mundo imaginario donde Pushkus y yo resolvamos misterios, vayamos de compras o tomemos el té. Ojalá. Pero casi. Y es tremendamente divertido.

Para ser más concreta, ha llegado un momento en el que detecto en él muecas o expresiones que podrían calificarse como humanas, o más que humanas, porque no resulta desencaminado decir que la nuestra roza a menudo el grado más inhumano de todas las especies. Ya me entendéis: a veces diría que sonríe. Y en mi cabeza, cuando le barro sus cositas o aseo su lindo hogar, pues tenemos nuestras conversaciones. Ese bicho peludo y yo. Y aunque todo ocurre en mi imaginación, no lo cambiaría por una relación cobaya-persona distinta.

Ya que últimamente veo mucho Gravity Falls, os diré que me identifico mucho con Mabel y Bamboleos. Básicamente, así es mi día a día con Pushkus. Él está ahí siempre, más o menos presente, más o menos ruidoso, más o menos limpio o activo, acompañándome en mis actividades más rutinarias. Pero cuando lo miro, en mi realidad me está mirando de verdad y poniendo ojitos kawaii mientras le digo cosas, a pesar de sus evidentes cataratas de cobaya anciana. Y el resto no lo ve, porque en realidad sigue siendo una cobaya.

¿Y a qué viene todo esto? Pues no sé. Supongo que viendo estos dibujos me he acordado de lo que describo, y supongo que he pensado que a mucha más gente con adorables compañeros peludos y/o emplumados les ocurre lo mismo. Y, por otra parte, un motivo de peso para empatizar tanto con semejante roedor, en mi caso, es que ha cumplido una función muy importante en mi vida. En cierto modo, Pushkus me representa a mí en muchos aspectos. Ese Pushkus soy yo. Y cuando alguien le desprecia o ningunea, me lo está haciendo a mí.

Veréis, Pushkus llegó a mi casa cual delicado bebé en 2010, un año en el que yo estaba hecha pedazos y hacía aguas por todas partes por distintas circunstancias familiares y también emocionales (TCAs y todo lo que conllevan). Tal cosita amorosa, indefensa e inocente me enseñó a ser responsable con su vida. Cuidándole, queriéndole y también jugando y pasando tiempo con él, aprendí a cuidarme y a quererme a mí misma. Porque, de alguna forma, el tener que ocuparme de él me obligaba a estar ahí, como un papá o una mamá. Y porque, de lo contrario, podría ponerse triste, enfermar, etc. Y fui así como, con los años, Pushkus me enseñó a estar bien y me devolvió esos cuidados y ese amor que yo le había dado.

Permitidme volver ahora a 2017. Pushkus y yo somos inseparables. De hecho, se viene a Suecia a vivir aventuras conmigo y con Edgar. Tiene un transportín precioso de color verde esperándole. Y más allá de todo esto, el tiempo que le quede será un regalo para mí, teniendo en cuenta que ya ha pasado la barrera de los siete años y está en el nivel geriátrico en cuanto a cobayas se refiere. Cada día, cada semana, cada mes y cada año son y serán un regalo. Lo difícil a partir de ahora será aceptar que él, algún día, también tendrá que separarse de mí y yo tendré que dejarle ir. Pero sea como fuere y ocurra lo que ocurra, ese bicho peludo siempre será parte de mí, toda mi vida.

One Reply to “Pues ese bicho soy yo”

  1. Si cuidas a los animales y ellos se encuentran felices. ¿Que mas se puede pedir?

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