Parece amor, pero no lo es: “En una relación sana puedes seguir siendo tú misma”

Parece amor, pero no lo es es un proyecto colaborativo web que empezó a concienciar y educar en las relaciones sanas hace ya 3 años. Yo descubrí el blog de Vega y Marta poco tiempo después y desde entonces no he parado de aprender. Porque, ¿quién no ha sufrido el amor romántico en cualquiera de sus manifestaciones? ¿Quién no ha vivido alguna vez una relación tóxica? Yo solo puedo hablar por mí misma y por mi círculo: solo cuento con dos amigas que no han pasado por malas historias. El resto, os podréis imaginar.

Seguimos criándonos en una cultura en la que se nos bombardea con un solo modelo de amor y un solo tipo de relaciones. Y, sorpresa: no suele tratarse de buenos ejemplos (ya ni hablamos de la representación de otras realidades). Crecemos pensando que así es el amor y así son las relaciones, y que nada tiene de extraño que tu novio sea un celoso de manual, que te controle el email o el móvil o que nunca se tome en serio tus problemas de chicas (por poner un ejemplo bastante frecuente). Y que tampoco tiene nada de malo pensar que lo más importante de tu vida es tu relación, dejando de lado e infravalorando los demás tipos de afectividades (amistad), y aislándote cada vez más.

No todos los días se tiene la oportunidad de hablar con personas cuyo trabajo admiras. Así que me hace bastante feliz compartir con vosotres esta genialidad de entrevista a Parece amor, pero no lo es. No solo porque me encante su trabajo, sino porque creo firmemente en la necesidad de proyectos como el suyo para mejorar como sociedad.

¿Quiénes sois?

El núcleo del proyecto lo conformamos Vega Pérez-Chirinos (creadora) y Marta Lizcano (editora).

V: Qué pregunta tan difícil… Profesionalmente me dedico al marketing, aunque mi vocación es más bien la docente (que afortunadamente puedo ejercer). Diría que soy una apasionada de las personas: sigo estudiando, y estoy terminando el Grado en Psicología mientras trabajo en mi tesis de Sociología. He llegado a describir esta como un hobby; ese es mi nivel de empollona. Me encanta leer, la música y los videojuegos, aunque para ellos me cuesta mucho encontrar tiempo. Ahora mismo mi ocio se centra sobre todo en mis perros.

M: Yo me formé como socióloga, pero no he tenido ocasión de ejercer; actualmente me dedico de forma profesional a la corrección de textos y la creación de contenidos. Me gustan tantas cosas que no sé ni por dónde empezar. Me encanta la fotografía (disparar, revelar y positivar en el laboratorio, coleccionar cámaras…), viajar y formarme, bucear, los videojuegos…

¿Cómo empezó el proyecto? ¿Cómo y por qué visteis la necesidad de un espacio como “Parece amor, pero no lo es”?

V: Salí de una relación tóxica y no era capaz de entender cómo una persona como yo había acabado así. Mi hermana me preguntó una vez “con la de veces que te he visto salir de casa dando un portazo, ¿cómo es posible que nunca lo hicieras con él?”. Tenía totalmente naturalizado el estereotipo de que las mujeres que sufren maltrato es porque son dependientes (económica o emocionalmente), sumisas, etc.

Me di cuenta de que ni mi “mal carácter”, ni todo lo que había aprendido en la vida, ni mi independencia económica, ni mi fantástica red de apoyo pudieron hacer nada ante esa situación y no paraba de preguntarme qué me había llevado a aguantarla. Entonces aún no era siquiera consciente de haber vivido maltrato, solo “una relación complicada”. Y entonces empiezas a ver que son las que describen en todas partes: en la música, en la literatura, en el cine y la televisión… Empecé a escribir sobre ello pero no me parecía que tuviera mucho sentido hacerlo sola, sobre todo considerando lo ciega que había estado ante todo eso.

Durante un tiempo fui la única autora del blog, pero el proyecto nació como uno colectivo desde el principio. Quería pensar en todo eso junto a otras personas, intercambiar perspectivas… Y poco a poco fui “embarcando” a nuevas firmas, con más o menos frecuencia.

M: Yo me incorporé un tiempo más tarde. Para mí, este proyecto es una forma de contribuir, aunque sea con poco, a construir un mundo más habitable, con menos violencia. Las relaciones interpersonales son necesarias, pero actualmente son una gran fuente de sufrimiento, y queremos cambiar eso.

En el momento en que nos fijamos en el tratamiento de las noticias de las secciones de sucesos (VG más concretamente) o incluso de casi cualquier área de los medios de comunicación principales notamos que seguimos en lo mismo. Por eso os pediría si podríais explicar qué significa vuestro título del blog y leitmotiv “Parece amor, pero no lo es”. ¿Qué es ese “lo mismo” y qué implica?

A menudo se representa la violencia machista como un iceberg. En la mitad inferior aparecen los comportamientos más sutiles y, por tanto, difíciles de detectar. Algunos pueden parecer poco importantes, pero las formas más evidentes y graves de violencia reposan y se sustentan sobre ellos. Hay muchos de estos comportamientos sutiles, como los celos o el control, que a veces confundimos con el amor cuando en realidad son formas de violencia.

También hay otros comportamientos, actitudes o sentimientos que, sin llegar a ser violentos, ponen la base para que empiece el iceberg, como pueden ser la inseguridad o la dependencia. Que alguien quiera estar contigo a todas horas no es muestra de un mayor cariño; todo eso es lo que “parece amor, pero no lo es”.

¿Qué es y cómo se construye el amor romántico? ¿En qué se apoya este mito que aún se encuentra tan extendido?

Aunque el nombre pueda crear confusión, el amor romántico no tiene nada que ver con el romanticismo, con hacer regalos o preparar una cena a la luz de las velas. Se trata de un tipo de amor que es dañino y que ni tan siquiera deberíamos llamar amor. Está basado en mitos como el de la media naranja, que proviene de El banquete de Platón pero que a día de hoy no tratamos ni siquiera como un mito de creación: nos llega a parecer totalmente normal esperar que aparezca una persona para completarnos; es algo que genera una insatisfacción total con la vida sin pareja y una enorme tolerancia hacia situaciones de violencia dentro de esta, porque, “bueno, es mejor que estar solo”.

También están ahí los cuentos infantiles, en los que los príncipes rescatan a las damiselas indefensas y se enfrentan a dragones para casarse con una princesa a la que no han visto en la vida, y que suponen una base perfecta para mitos como el del “flechazo”, que nos dificulta darnos cuenta de que una relación no se sostiene solo en la química inicial. Y otros tantos ingredientes que contribuyen a generar relaciones muy poco sanas y constructivas, como los estereotipos de género que dibujan a los hombres como animales salvajes y a las mujeres como objetos (de consumo o de adoración).

Todos estos mitos y modelos se replican en referencias con las que nos machacan a diario en la cultura popular: películas, series, anuncios, libros, canciones… Desde que nacemos nos bombardean con referencias a esta forma de entender el amor, por lo que es muy difícil desprenderse de esa concepción, incluso en ocasiones cuando estamos trabajando activamente en otros modelos de relación: todas estas ideas preconcebidas pueden llegar a colarse, desapercibidas, en relaciones poliamorosas, por ejemplo.

¿Cómo se relaciona el mito del amor romántico con el machismo/las relaciones tóxicas?

El amor romántico es solo una de las relaciones tóxicas que genera el machismo: desde las formas más sutiles de violencia a los asesinatos se dan por parte de hombres que maltratan a mujeres porque las desprecian. Pero también tiene mucho que ver con cómo entendemos otros tipos de amor, como el maternal (dando por hecho una abnegación que termina negando la identidad personal de la mujer que cría), o la forma en que las mujeres son tratadas en el entorno laboral, donde todas estas figuras, la de la mujer-objeto, la mujer-damisela, o la de la mujer-madre se reflejan en actitudes como el acoso sexual en el entorno de trabajo, el mansplaining (o la tendencia de los hombres de tu profesión a tratarte como una perfecta inútil) o la feminización de la pobreza, que tiene mucho que ver con cómo entendemos los cuidados como una forma de amor abnegado.

¿Cómo se vive este amor romántico según los roles de género?

Algunas autoras, como Simone de Beauvoir o Kate Millet, consideran que hombres y mujeres no experimentan el amor de la misma manera. Pero independientemente de cómo se viva, lo que es fundamental es que eso no sustente una relación de poder abusiva, que es lo que termina sucediendo. El hecho de que los cuidados se asocien a la naturaleza esencial de la mujer hace que se nos atribuya toda la responsabilidad sobre estos, ya no con respecto a la crianza, sino en el interior de la pareja. Y, por supuesto, nada de esto está más asociado a las mujeres de forma innata: el amor y los cuidados deben ser cosa de todo el mundo.

Por otra parte, la educación de las mujeres incorpora un mensaje de sumisión: las niñas deben ser obedientes, recatadas, no levantar la voz ni tener aspiraciones de mandar… Esto nos hace mucho más vulnerables al abuso, ya que las reacciones defensivas son vistas como agresivas, algo “muy poco femenino”; y con carácter general no se le reconoce la autoridad de la misma forma a una mujer que a un hombre. A las mujeres se las dibuja como “emocionales”, “volátiles”, “frágiles”… Y a los hombres como “seguros”, “decididos”, “fuertes”, “racionales”. Por supuesto, estos valores, actitudes y personalidades no tienen nada que ver con la identidad de género y sí con cómo la construimos, pero desde luego en una relación heterosexual se están dando muchas situaciones que favorecen que se construya una dinámica desigual.

Esto no quiere decir que las personas que se salen de la heteronormatividad (por identidad de género o por orientación sexoafectiva) estén a salvo, por supuesto; el amor romántico se ha pintado como el de un hombre con una mujer, pero sigue siendo el único modelo hegemónico de amor que tenemos, y al que acudimos también cuanto estamos en relaciones homosexuales, por ejemplo.

Desde nuestro punto de vista son, por tanto, problemáticas diferentes, aunque entrelazadas.

Sobre las relaciones tóxicas que mencionaba antes, ¿cómo se pueden detectar? Y, en contraposición: ¿qué es una relación sana?

Como comentábamos antes, la violencia se manifiesta a veces de formas sutiles. Las relaciones de maltrato suelen tener una primera fase en la que todo es maravilloso, la violencia se manifiesta más adelante. Muchas veces, cuando esa fase violenta llega, el agresor ha aislado a la mujer agredida de sus familiares y amistades y generado una falta de confianza en su propia capacidad de discernir lo que es real. Esto hace que sea difícil detectarlo para las personas de su entorno, pero también para ella misma. Una vez más, el hecho de que relacionemos cosas como los celos o el control con el amor no ayuda; y nuevos “mitos”, como el de que el amor lo puede todo, hacen que la persona que lo sufre esté convencida de que quien le está agrediendo “va a cambiar”.

Es importante tener claro que nunca nos merecemos que nos traten mal y nos hagan sentir dolor en ninguna de sus formas. No hay excusas: ni una discusión, ni un desencuentro, ni un problema externo justifican la violencia. Es importante también diversificar los afectos: aislarnos, aunque sea porque estamos muy a gusto con esa persona y sentimos que no podemos dejar de verla, es muy perjudicial, no solamente peligroso.

En una relación sana puedes seguir siendo tú misma y no dejas de hacer cosas que te gustan ni dejas de ver a gente con la que te gusta estar. Te sientes mejor contigo misma, y no peor. La persona que te acompaña te recuerda lo que tienes de bueno, y no se ceba en lo que quiere que cambies. Te cuida y se deja cuidar en la misma medida.

¿Y cómo se hallan tan normalizadas en nuestra sociedad?

Tenemos que tener en cuenta que no hace tanto que las mujeres consiguieron el derecho al voto; en España en concreto hace apenas una generación que necesitaban el permiso de su marido para conducir o abrir una cuenta bancaria. Todavía siguen reproduciéndose estudios biologicistas sobre las diferencias esenciales entre hombres y mujeres, que se divulgan más que los que los desmienten. Es triste, pero los cambios sociales requieren tiempo, y no hemos avanzado tanto como pueda parecernos a simple vista.

Tampoco podemos olvidar que la sumisión de las mujeres, entendida como la posición que tenemos como cuidadoras y responsables del hogar, interesa socialmente. Ni siquiera nuestra incorporación al trabajo asalariado ha supuesto una reducción de nuestra jornada doméstica, de modo que acarreamos la doble jornada sobre nuestras espaldas. La economía feminista está arrancando con fuerza, pero el debate sobre cómo compensar económicamente los cuidados es muy nuevo: ¿qué pasaría si de pronto todas esas “madres abnegadas” pidieran una justa remuneración por sus años de trabajo?

¿Cómo veis que se relaciona el mito del amor romántico con la monogamia?

El amor romántico se relaciona de forma estrecha con la familia tradicional, que está conformada por una pareja heterosexual y sus hijos e hijas. Solo la monogamia tiene cabida en ese modelo, así que sin duda tienen mucho que ver. Sin embargo, y como comentábamos, las relaciones que se salen de ese molde no están necesariamente a salvo de este tipo de amor tóxico. Los celos, el control, el mito de la media naranja, etc. se dan también entre personas homosexuales o en relaciones poliamorosas. Y, por el contrario, una relación monógama puede ser sana. Lo importante es no aceptar el modelo tal como nos viene impuesto y ser capaces de negociar cómo queremos que sea la relación.

¿Por qué creéis que, socialmente, bajo el término “amor” solo se suelen incluir las relaciones de pareja? ¿Dónde quedan los otros tipos de amor bajo esta concepción (tan pobre)?

Tiene que ver con esa idea de “media naranja” en la que la pareja lo es todo, el sol de nuestras vidas, y que alrededor de ese amor orbitan el resto de relaciones. Si empezamos a poner peros a ese ideal de pareja —situar a nuestras amistades, por ejemplo, al mismo nivel que a nuestra pareja— el modelo se resquebraja. Pero, como comentábamos antes, no es el único mito que hay en torno al amor; últimamente se habla mucho de las “malas madres”, de la idea de que hay mujeres que se arrepienten de ser madres o les cuesta querer a sus hijos o hijas cuando nacen, cuando se supone que el amor maternal es el más fuerte.

Si tuvierais la oportunidad de dar una charla en un colegio o en un instituto, de hablar con adolescentes que aún se están formando y que se encuentran rodeados de unos medios y unas ficciones que reproducen casi exclusivamente un tipo de amor y unos estereotipos de género muy marcados, ¿qué os gustaría transmitirles?

Es tremendo porque, aunque podríamos pensar que los índices de violencia machista son más bajos entre gente joven porque reciben una mejor educación al respecto, lo cierto es que las cifras son preocupantes.

Hemos tenido la ocasión de hablar desde el proyecto en varias ocasiones con estudiantes universitarios de creación de videojuegos, y aunque sí parece que hay una mayor sensibilidad hacia la violencia de género, todavía les cuesta muchísimo trabajo entender la relación de esta con los estereotipos de género y su responsabilidad como creadores. Afortunadamente cada vez son reductos menos masculinizados y las mujeres del sector están haciendo una labor admirable, como en el proyecto de Todas Gamers.

Pensando en personas más jóvenes, les diríamos sobre todo que el amor rara vez es como sale en nuestras series y libros favoritos. Ni debe serlo. Y procurar que dejen de creer en dos mitos: el primero, que los celos son muestra de amor, porque no lo son, son una forma de control y expresan inseguridades y miedos. El segundo es que las personas no cambian por amor: si una persona te trata mal, lo mejor es alejarse. Bueno, y como fans de Pamela Palenciano (de hecho, estamos sorteando ahora su libro en nuestras redes sociales) les recomendaríamos su monólogo No solo duelen los golpes, porque tiene una capacidad de revolver conciencias que muy pocas palabras pueden igualar.