Breve historia de mis cejas

Mis cejas y yo hemos vivido una larga historia de amor y desamor desde que tengo conciencia de mí misma y de mi cuerpo. Pasando por momentos de indiferencia, “no estáis mal” y pasotismo (“me hacéis la función”), en los que siquiera se me ha pasado por la cabeza plantearme si eran bonitas o no (¿para qué había de hacerlo? Son cejas ); y por otros episodios más bien de rechazo, sobre todo en la adolescencia y los primeros veinte.

Pero antes de ir al meollo del asunto, dejad que me meta en el túnel del tiempo y os traiga unos cuantos recuerdos para que así contéis con un poco de contexto. Y os pido disculpas de antemano porque la calidad de algunas de estas fotos no es muy buena.

parque

playa

yaya

belen

disfraz

Como podéis comprobar, fui una niña más o menos normal con una infancia más o menos normal y unas cejas más o menos normales. Jugaba, iba al parque y me disfrazaba de animales en el Carnaval del colegio (y parecía orgullosa de ello ). Pero ais, la pubertad. Con ella vinieron los pelos y los granos. Y allá que mis cejas empezaron a crecer un poquito más. Y yo, como tantxs púberes, no es que me gustara demasiado a mí misma. Poco después, en la adolescencia, me gustaba aún menos, aunque eso es otra historia que ya conté.

Say hello to mi yo adolescente

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El caso es que tampoco es que las cejas me hubieran crecido muchísimo, pero yo no me las acababa de ver bien y por eso me las depilaba como el Señor me daba a entender, haciéndome de vez en cuando algún que otro destrozo que yo por entonces no notaba, como dejarme demasiado espacio entre ellas o pasarme más en una que en la otra. Pero bueno, yo a mis 17 años pensaba que lo había hecho correctamente y eso bastaba.

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El mayor problema vino a partir de los 18, cuando empecé a salir con mi primer novio, que era lo que comúnmente se entiende como un capullo. Un día el muy macaco se burló de mis cejas. La que lió en mi joven y boba cabecita os lo imaginaréis: un resultado desastroso para mis queridas amigas, aun cuando hube cortado con él. Se me quedó grabado que las tenía gordas y feas. Así que en los años consecutivos (del 2008 al 2013, ambos incluidos) mis frondosas compañeras irían desapareciendo progresivamente hasta dejarme yo solita medio calva  A continuación podéis comprobarlo.

2008
2008
2011
¡Boom! No hay cejas.
¡Boom! Mis cejas en 2012 apenas eran una línea. Y a veces era un poco rancia vistiendo O.O. A todo esto, dicen que mi bro y yo nos parecemos.

Igual os parece que me las dejé normales, pero ahora veréis cómo las tengo en la actualidad tras haber vuelto a dejármelas crecer desde 2014, para que entendáis el tamaño crimen que cometí contra mis peludas amigas.

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¿Os parecen gordas y feas? ¿Tengo cejotas? La verdad es que, aunque os respeto, dejadme deciros que en realidad no me importa vuestra opinión al respecto. Lo digo con todo el cariño del mundo, no quiero ser desagradable. Pero es que es tal que así: me da igual lo que la gente piense de ellas. A mí me encantan. Me he enamorado de ellas. Ellas son yo, yo soy ellas. Si esto fuera una versión de Ebony and Ivory, la letra sería Rocío and her eyebrows live together in perfect harmony (Rocío y sus cejas viven juntas en perfecta armonía), que aunque no rime suena estupendamente.

Me gustan como son: salvajes, un poco espesas, con personalidad, fuertes. Tengo las cejas de mi padre y bueno, estoy bastante satisfecha. Y si bien no he dejado de perfilármelas de vez en cuando porque a veces también soy presumida, tengo claro que no voy a permitir que me pase como en 2012/2013. Se podría hacer un paralelismo también entre mi estado de ánimo, mi autoestima y el tamaño de mis cejas. Como deduciréis, cuando me dejé sin cejas estaba hecha un desastre interiormente. A menor tamaño, peor estaba. Y a medida que me fui recuperando, las volví a dejar libres para que crecieran como les diera la gana y así volver a ser lo que fueron: unas pedazo de señoras 

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Nota final

Qué positivo sería si en el cole o en el insti nos enseñaran educación o inteligencia emocional, aunque fuera como optativa, que nos enseñaran a valorarnos con nuestras capacidades, fortalezas y debilidades. Si papá y mamá no nos saben transmitir lo esencial que es la autoestima para ser felices, podemos tardar años en ser personas seguras de nosotras mismas, con amor propio e independientes.

De mis padres aprendí muchas cosas, pero como tantos otros padres y madres, llegaron hasta donde podían. Yo conseguí quererme y aceptarme a los 25. Y estoy orgullosa de ello: hay gente que ni siquiera se atreve a intentarlo y nunca llega a apreciarse en toda su vida. Y eso sí que es una putada.