Aquellos largos veranos

Mi fijación por las piscinas tiene una razón de ser, creo, y se remonta muy probablemente a todos aquellos veranos insufribles que he vivido durante mi infancia y mi adolescencia y que acabaron alargándose hasta los 25.

Todo comienza en mi tierna infancia. Desde que tengo consciencia, mis padres siempre han ido mal de pasta. No me preguntéis por qué: no conozco bien las razones y tampoco lo he acabado de comprender cuando mi padre me lo ha intentado explicar. Por otra parte, no es de mi incumbencia. No son asunto mío las decisiones y la vida que hayan elegido mis padres, así que procuro mantenerme al margen porque no lleva a ningún lado. Y, ¿qué tiene que ver la pasta que tuviéramos o no?

Bueno, que eso siempre se tradujo en vacaciones aburridas en la ciudad, pasando mucho calor, y quedándome un poco bastante solita cada mes de agosto, cuando todas mis amigas se iban a su apartamento de la playa, a su chalet o de viaje. Hubo excepciones loables y agradecidas: de muy pequeñitos, mis padres nos llevaron a mi hermano y a mí a Bellreguard, y diría que pasamos varios agostos allí, quizá dos o tres. Y más adelante, de los 13 a los 15 años, solían alquilar un apartamento en Cullera durante una quincena. El resto de años, lo dicho. Por más que dibujara y me abstrajera con mis movidas creativas, los días resultaban largos y siempre había tiempo para un profundo aburrimiento, teniendo que estar pegada a mis padres casi todo el tiempo. Y sus rutinas, muy divertidas diría que no eran.

A esto se unía también el hecho de que mi madre, por muchos motivos, siempre había huido y huye de cualquier reunión social/familiar, por lo que al final nos quedábamos más aislados si cabe. Por lo que la opción “ir al chalet de la tía X” no se contemplaba. Creo que de esa fobia social mamé el pensamiento de que las relaciones sociales no eran tan importantes y que los grupos grandes no se me daban bien, ni siquiera los grupos pequeños. Cosas que me costó desaprender porque es lo que había visto toda mi vida, pero que con la relación con mis amigas y mi novio dejé atrás hace tiempo. Las amigas, los amigos, las reuniones de abuelas, los corros, son amor.

Y acabado este paréntesis, vuelvo al asunto que me trae: los largos veranos. Poco a poco, en la adolescencia, dejaron de ser tan aburridos o al menos hasta el mes de agosto, en el que de nuevo todo el mundo se iba. Hasta el 31 de julio, me pasaba las mañanas en la playa con mis amigos y las tardes con Marina y María jugando a videojuegos o haciendo de las nuestras. De esa época quedan anécdotas muy divertidas y memorables. Pero a partir de la universidad la cosa volvió a empeorar. Agosto significaba el tedio más profundo, y se convirtió en el mes que más odiaba. Tampoco julio era muy divertido. Fueron años en los que tuve diferentes novios, todos ellos bastante machistas, y de cuya rutina me costaba salir porque yo había aprendido que cuando tenías una relación, el resto era secundario (qué daño hace el amor romántico). Para mi mala suerte, además, ninguno de ellos tampoco contaba con casa en ningún lado, ni con piscina y no les gustaba la playa. Cabe decir que salía con esa gente porque pensaba que no me merecía algo mejor. ¡Vaya veranitos!

A los 25, afortunadamente, todo cambió. Y cambió porque yo cambié. Yo había aprendido que la felicidad, mi felicidad, dependía de los demás. Era lo que había visto. Dependía de mis novios, dependía de mis amigas, dependía de que me quisieran, porque yo no estaba bien conmigo. Tampoco nadie me había enseñado. Y en cierto modo, se me había transmitido que la independencia no era buena. A los 25, cuando empecé a quererme, cuando me acepté y cuando me di cuenta de que era digna de ser querida como era, me liberó y me condujo por el camino más bonito que he recorrido hasta el momento (más quizá que los que he recorrido por Suecia, y mira que los amo): el de cuidarme, el de sentirme, el de ser yo y el de aprender a estar a gusto conmigo en cualquier circunstancia, porque al final, soy la única persona con la que estaré hasta que me muera.

A partir de los 25 empecé a pensar en lo que me hacía feliz, en lo que me gustaba. También empecé a saber pedir, a preguntar. A hablar más con mis amigas y sugerir planes o dejarme sugerir. A dejarme querer por ellas. A estar rodeada de gente y a descubrir que eso me gustaba mucho. Y bueno, a ir al cine de verano, a Glasol, a la playa, a Aquarama, de viaje. Porque me di cuenta de que el verano era y es posible sin piscina particular. Y también de que, en realidad, nunca había estado sola en agosto. Solo que no había sido capaz de verlo.

Quiero dedicar este post a mis amigos y amigas del alma y a Edgar <3

*Las fotos son de Edgar, del viaje que hicimos en julio de 2015 a Cantabria.

One Reply to “Aquellos largos veranos”

  1. […] Sí, también hubo mucho aprendizaje. Aprendizaje autodidacta. Nada que no sepáis: porque aquí nos quieren aprendidas de casa o que lo hagamos por nuestra cuenta. Pero la verdad es que al final, a pesar de mi perfil chachi-piruli, la ansiedad y la impotencia hicieron más acto de presencia al no sentirme valorada ni económica ni profesionalmente. ¿Que qué paso? Que como no podía ser de otra manera, mi confianza en mí misma y mis ganas de todo dijeron un poco: ¡venga, hasta luegui! No obstante, eso tuvo su parte inmejorable: un proceso de aprendizaje que me enseñó las lecciones más valiosas de este período. […]

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