Apuntes de una emigrante a tierras suecas

Suecia. ¡Qué lejano suena! Allá arribota, casi en el Polo Norte, has tenido que parar. Con gusto o menos gusto, con mayor o menor libertad. Si lo has elegido tú es más fácil recibir esta experiencia con los brazos abiertos, muchísima curiosidad y ganas de aprender de la cultura del país de acogida (por suerte, es mi caso). Supongo que si te has visto obligada a hacerlo la cosa se lleva peor, no lo sé. Para mí, ya digo que esto está siendo una aventura y que estoy muy contenta, si bien egoístamente me habría gustado venirme de otra forma (con mi Pushkus, por ejemplo, tal y como estaba planeado).

Las cosas funcionan distinto en Suecia. Para empezar, aquí el estrés prácticamente no existe. Esto es algo a lo que me he acostumbrado rápidamente y que me ha venido superbien, ya había tenido suficiente en Valencia. La otra cara de la moneda es que puedes convertirte en estatua de sal esperando a que te contesten un correo importante o a que te traigan un paquete. No siempre pasa, pero es bastante habitual. La cara buena es la calidad de vida. Los días suelen transcurrir tranquilos y rápidos. Y de alguna manera, aprendes a tener paciencia y a enfrentarte a la vida con otra perspectiva, la verdad. Y sienta bien. Desde luego, a mí me viene muy bien porque siempre he sido muy impaciente y también porque he sufrido mucha ansiedad este último año y medio. Sin lugar a dudas, en Suecia descansas mental y físicamente.

Otra contrapartida de este lugar es la burocracia. La maldita burocracia y todos los pasos que te toca dar (y todos los meses que te toca esperar) para poder conseguir el ansiado Personnummer. Una nimiedad de la que ni se enteran los propios suecos, ellos desde que nacen lo tienen. Pero un ligero detalle que te hace la vida un poco (bastante) más complicada, empezando por el alquiler de los pisos (imposible sin él, si es que no quieres dejarte los ahorros en un alquiler privado) o el acceso a la seguridad social. Tienen sus razones para ello, si bien no llego a entenderlas en realidad. Y tienen sus requisitos, que tampoco alcanzo a comprender. Supongo que la burocracia es como cuando añaden guisantes o pimiento a la paella. No deberían estar ahí y prácticamente fastidian el plato, pero no puedes decirle nada a quien ha cocinado. O sí, pero puede que no acabe bien. Bueno, en realidad da lo mismo porque no me gusta la paella (¿será posible? Sí, es posible). Pero igual pilláis lo que quiero decir.

El cambio y la adaptación climática es un asunto que igualmente merece mencionarse. Llevo cuatro semanas aquí y por fin puedo decir que me estoy acostumbrando (gerundio indica proceso) y espero que para cuando cambien la hora la semana que viene no me cueste otro mes adaptarme. No es que el clima sea desastroso. Hace sol muy a menudo y es todo preciosísimo. El tema está en la intensidad de la luz solar, que al parecer es distinta. Y/o la radiación solar. Ahora mismo no recuerdo exactamente la explicación 100tífika que mi jerbo humano me contó el otro día y estoy confusa, pero van por ahí los tiros. Dejémoslo en que la luz es distinta, el sol da de forma distinta, etc., y que como resultado yo llevo de normal una cara de zombie que aún espero que se vaya (me apareció antes de la defensa del TFG, a mediados de septiembre, y no se acaba de ir por el cansancio acumulado). Yo me veo bien, de todas formas, pero noto que la gente me mira mucho en el supermercado. Ojo, que también puede ser porque aquí soy muy guapa.

En relación con esto también está lo de las temperaturas. El 29 de septiembre, día que me mudé, pasé de los 30 grados a menos de la mitad en menos de 12 horas. Ahora mismo aún no me he congelado porque no es para tanto. Aunque estemos tan a arriba del globo. Pero el cambio fue drástico y probablemente también fuera éste otro motivo para estar falta de energía durante un mes. Lo bueno: que por fin puedo ponerme ropa que en Valencia llevaba muerta de risa durante varios años. Ropa bastante bonita, por cierto <3 Conclusión: el clima tiene sus cosas buenas, desde luego. Y el otoño, ¡vaya otoño! Nunca había visto árboles y hojas de tantos colores y con tantos matices distintos de amarillo y rojo.

Transporte público. A ver, digamos que funciona muy bien. Sobre todo los trenes. El problema es que hasta un billete de autobús es el doble de caro que en España. Aquí nos solemos desplazar en bici y es una gozada. No temes por tu vida, sino todo lo contrario: a mí me relaja muchísimo. Los caminos o carriles son entre el dos veces y tres veces más amplios que en Valencia, tienen recorrido por toda la ciudad, los coches siempre se paran para dejarte pasar y además la gente pedalea con mucha seguridad (nunca me ha pasado una bici por al lado y casi me caigo porque quizá estaba en realidad en un velódromo y yo que soy muy boba no me había dado cuenta). Por no mencionar el paisaje mientras pedaleas al menos hasta que llegas al centro de la ciudad. A veces me pregunto por qué en Valencia solo tenemos dos parques grandes o por qué o para qué tanto asfalto y tanto gris. En España, las ciudades no están hechas para los peatones o los ciclistas: están hechas para los coches. Como anécdota y detalle bonito, no me puedo ir sin deciros que yo era lo más torpe y miedoso yendo en bici. En Valencia no me atrevía (también por razones que habréis podido deducir en este mismo párrafo). Aquí me estoy haciendo poco a poco una pro con mi bici de montaña de segunda mano de qualité.

A modo de recuento, no tengo morriña de la comida porque no es muy difícil ofrecer más variedad que Mercadona o Consum. Estoy comiendo mejor que en mi casa, de hecho. Adoro los lácteos de aquí, entre otros, y estoy totalmente enganchada a la mantequilla sueca. Pero maticemos: salir a comer fuera duele porque los precios de los restaurantes son un poco prohibitivos. No obstante, si buscas encuentras pequeños rincones donde es posible comer muy bien y muy barato. Doy fe, yo ya tengo varios a los que ya soy asidua porque me hace feliz comer más especial de vez en cuando como tragona que soy (o como me llama a veces mi padre, Fartonia, que viene de la expresión valenciana “fartón, fartona” y que sirve para describir a gente como yo a la que le gusta engullir). Pero claro que tengo nostalgia de otras cosas. Aquí echo mucho de menos a mis amigas y a mi familia. Este fin de semana, por ejemplo, se casaba uno de mis primos y yo no he podido ir, algo que me ha sabido un poco mal.

Tampoco me gusta la sensación de que me clasifiquen con los clichés más casposos cada vez que digo o adivinan que soy española. O el no enterarme de todo lo que dicen (el sueco es complicado, aunque ahí estamos con mi B1-B2). O que cueste tanto empezar a meter la cabeza (aunque una vez empiezas, ya no hay tanta traba laboral). PERO, pero, pero. Este país me ofrece tantas oportunidades que mi país no puede (ni quiere), que no me quejo. Estoy contenta y satisfecha porque son pocas cosas las que no me gustan de aquí, muy pocas realmente, y poco a poco están saliendo (bien) las cosas. También, y a pesar de todo, el sueco no me está resultando tan difícil y ya lo puedo hablar (y solo llevo dos meses estudiando). El desafío es tener la paciencia que este proceso requiere. Pero ya no queda nada 🙂

Fotos: esta vez no son mías, sino de Edgar.

2 Replies to “Apuntes de una emigrante a tierras suecas”

  1. […] he dejado un poco más de lado los temas de ilustración y cultura para darme más espacio a mí y a mis pensamientos, algo que consideraba importante como parte del proceso que estoy viviendo. Pero hoy, por fin, […]

  2. […] y en un país que me está ofreciendo unas experiencias que en España serían (y son) impensables, a pesar de que los procesos burocráticos son muy lentos y el hecho de ser extranjera no ayuda nada,…. Es cierto, por otra parte, que empecé a recuperar la fe en mí en abril, tímidamente, si bien […]

Los comentarios están cerrados.