Cerrando círculos o cómo afrontar la edad adulta

En unas semanas cierro un círculo que empezó hace cuatro años y empiezo una nueva experiencia, una nueva vida si queréis, muy lejos de casa y con un panorama de incertidumbre un poquito abrumador (algo que, sin embargo, no me está quitando el sueño). Se trata de un acontecimiento que venía esperando desde hacía varios años, un momento soñado e imaginado tantas veces desde distintas (demasiadas) oficinas, frustrada e infeliz. Salí de aquello, como he salido de todo lo demás, si bien la depresión y la ansiedad no son cosas que se vayan de un día para otro (pero estoy bien, gracias). Han sido cuatro años muy duros en los que he aprendido mucho, unas veces muy a gusto (la carrera), otras veces a golpes (trabajo, familia). Y se hace raro, sobre todo porque había idealizado cómo estaría yo ahora, cómo me iría, a dónde, cuándo.

Yo ya me fui

Yo ya me fui. Lo sé, siempre lo digo porque tiendo a repetirme. Me marché no llega un año al Reino Unido no por mi propia decisión, en realidad, y huyendo, pensando que así estaría a refugio (pobre infeliz). Pero siempre lo cuento porque explica el camino que he hecho y cómo todo aquello que viví entonces provocó por fin, poco a poco, que yo saliera del cascarón que me había limitado desde la adolescencia y que tomara consciencia de cómo la visión tan pobre y machista de las relaciones que me habían inculcado desde todas partes (medios de comunicación, series, películas, libros, familia) me había causado frustración, dependencia, anulación y violencia simbólica desde 2007, con el colofón final de mi etapa en tierras británicas. Y me marché, sin embargo, con una seguridad de la que ahora carezco: un trabajo fijo que no me había tenido que currar y por el que no había tenido que pelear.

No puedo evitar entonces hacer analogías con esta marcha en septiembre de 2012. Me voy muy diferente ahora. Y no sólo porque emigre esta vez sin un trabajo seguro. Yo no soy la misma persona que cuando me fui hace cinco años. No soy la misma persona que cuando volví hace cuatro. Y tampoco soy la misma persona que empezó a preguntarse cosas hace tres años y medio. A todas ellas las observo ahora desde el cariño y la empatía. Como cuando ves a una amiga que está pasando por lo mismo que tú hace algún tiempo pero aún no entiende por qué le ocurren esas cosas y tienes que esperar a que ella dé el paso, pues solo ella puede cambiar su situación. Esa amiga que todavía no cuenta con la misma información que tú, con la misma consciencia, con la misma gente alrededor que le haya hecho aprender a ver más allá y, al final, a luchar por su propia vida y no por la de los demás. Y sé que mi yo futuro me mirará con la misma paciencia porque sé que todavía me queda mucho por aprender en esta vida.

¡Pero no acaba ahí!

No obstante, durante estos cuatro años (sobre todo, durante este último) he aprendido más lecciones vitales que (creo) me han hecho llegar a una especie de mayoría de edad real (no sé si me atrevería a decir la edad adulta, pero sí a la independencia, a la inteligencia emocional y a la salud relacional y mental). Estas lecciones se resumen fundamentalmente en los siguientes cuatro puntos:

  1. el mito de los padres o la caída de los gigantes;
  2. hay cosas que no son nuestro tema (o nuestros asuntos);
  3. la falacia de la meritocracia;
  4. el enfrentamiento a la incertidumbre.

Sobre la falacia de la meritocracia he hablado largo y tendido en este blog cada vez que he lamentado cómo funciona el mercado laboral español, así que no le voy a dar más espacio y solo te diré que me di cuenta de la gran mentira que nos transmiten desde pequeños, empezando por los profes: trabajar duro y esforzarse no implica conseguir lo que quieres en muchos casos porque también influyen nuestras circunstancias (dinero, clase social, contactos, género, orientación sexual, etc.) y las de los demás. En concreto, si una empresa puede seguir tirando de becarios gratis lo más probable es que en cuanto se te acabe el convenio te sustituyan por otra persona para no tener que pagar a nadie. O bueno, igual eres afortunada y te dicen que quieren renovar el convenio porque están contentos contigo, o incluso deciden ser generosos y pagarte menos del salario mínimo LOL. Esto es una realidad que veo poco probable que cambie a corto y largo plazo, por desgracia.

Los padres es otro asunto que he conseguido desmitificar porque me estaba haciendo mucho daño. Cuando somos peques, mamá y papá son dioses. Ellos lo pueden todo, lo saben todo, son los mejores. Cuando te vas haciendo mayor, empiezas a ver que las cosas no eran como parecían. Que no son dioses todopoderosos, sino personas normales y corrientes, con sus aciertos y sus errores, sus opiniones, sus gustos, sus miedos, sus traumas, sus problemas. Que incluso pueden llegar a caerte mal (o bien). En mi caso, la muerte de mi abuela materna en 2007 lo puso todo patas arriba en mi casa, más mental que físicamente. Mi madre no volvió a ser la misma y mi padre hizo lo que pensaba que era lo correcto en cada momento. Y yo, desde entonces hasta hace relativamente poco, llevada por el dolor de casi 10 años, no pude evitar juzgarles y odiar cuanto hacían porque yo lo habría hecho de otra manera. Porque yo soy de otra manera. Me costó pero logré aceptar a mis padres como son y volver a quererles como antes a pesar de todo lo vivido. Eso no quita que no duela recordar y no quita mi sufrimiento. Pero me ha aliviado y me ha dado paz, que es lo que yo necesitaba. Y de paso, todo esto me sirvió para aceptar la parte de ellos que hay en mí y no rechazarla y para, si no me gusta algo de esa parte, poder ver cómo cambiarla, si eso es posible.

Y esto enlaza un poco con el punto 2, si algo es mi tema o no. Se trata de una de las cosas más útiles que aprendí con mi terapeuta. Se trata de algo muy básico: se puede tener una opinión de algo, pero si no te incumbe, si no es asunto tuyo, lo mejor es pasar a otra cosa. Es poco probable que puedas solucionar la vida de tu padre, de tu madre, de una amiga, etc. Por lo que lo más sano es elegir el modo Pasapalabra, y más si te está haciendo daño y no te va a llegar a ningún lado salvo a más discusiones o problemas. Y finalmente, la incertidumbre. Escuché de un amigo que parte del hacerse mayor consistía en enfrentarse a la incertidumbre en tu vida. En no saber lo que va a ocurrir, lo que va a ser de ti, y en aprender a (sobre)vivir sin esa información lo mejor que podamos, como mejor sepamos, y tomando las decisiones que creamos mejor para nosotras. En mi caso, lo que me daba miedo no era equivocarme. Era el mismo miedo ante la incertidumbre, el hecho de que me paralizaba porque no sabía cómo continuar. Y en esto me estoy teniendo que curtir también a base de palos.

Pero he tomado una decisión, la mejor que podría tomar ahora mismo teniendo en cuenta cómo sigue todo y cómo estoy yo ahora mismo: deseosa de empezar una etapa nueva, de un cambio de aires y de emprender una nueva aventura (siempre acompañada de mi Pushkus). Mi vida va a cambiar en unas semanas y yo por fin estoy preparada y muy ilusionada.

One Reply to “Cerrando círculos o cómo afrontar la edad adulta”

  1. Te deseo mucha suerte en tu nueva etapa, te acabo de descubrir y me identifico con lo que dices

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