Acogimos a un perro durante 10 dias y esto es lo que he aprendido

Hace ya 10 días que Fuyur, un angelito de perro, llegó a nuestras vidas de forma inesperada. No estoy segura de si es algo que he escuchado alguna vez o si en realidad se trata de una conclusión extraída a raíz de mis propias experiencias, pero el caso es que lo imprevisto, lo espontáneo, suele traer consigo cosas buenas. O al menos, mejores y más positivas que las cosas que forzamos o intentamos que ocurran.

Los mejores recuerdos que tengo, las mejores amistades, el mejor amor han sido todos fruto de la casualidad más bonita. Por mucho que los pinten de malos, el desorden, el caos y la aleatoriedad de la vida a veces producen acontecimientos verdaderamente bellos. Mi padre siempre dice que el hombre propone y Dios dispone. Y aunque no soy yo una mujer de fe (o no me considero como tal últimamente), no voy a negar que el refrán tiene su verdad: pocas veces las cosas salen como se planean. Y en una buena parte de las ocasiones, eso resulta al final ser positivo.

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Esta vez, ni planéabamos ni habíamos planeado nada. Y quizá por eso ha sido todo tan de otro mundo, causando un terremoto enorme en nuestra rutina. Terremoto que está ya finalizando y dando paso a una calma que no me acaba de gustar. Efectivamente, yo venía a hablaros de Fuyur, un gracioso y cariñoso perro sin pedigree con el que tuvimos la gran suerte de cruzarnos. Él, tras estos 10 días, ya no es el mismo. Pero nosotros tampoco.

Ya no somos unos desconocidos. Tras un par de consultas veterinarias, casi lo sabemos todo de él. En realidad, apenas tiene un añito, toda su vida por delante. Una vida muy diferente de la que ha tenido hasta ahora. También sabemos que no pasaría de dos meses el tiempo que Fuyur anduvo por las calles, solo, asustado, triste y sin hogar. Y esto nos llevó a tres posibles soluciones al misterio: o bien, la familia anterior se dio cuenta, habiendo crecido, de que el perro no era de raza y ay, qué mal vamos a quedar delante del vecindario; o bien, podría haber sido de alguien que se fue de vacaciones y lo vio como un estorbo; o bien, sería el perrito de alguna persona mayor recientemente fallecida y la familia no habría querido ocuparse de él.

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Pero sea lo que fuera que ocurriese, lo que está claro es que la persona que lo dejó en la calle sería de todo, menos humana. No concebimos que alguien en su sano juicio le haga eso a un compañero tan bueno, dócil, mimoso y fiel. No llegó ni a un día el tiempo que tardó Fuyur en acostumbrarse a nosotros. Nos seguía y poco a poco iba confiando más en nosotros. Y la cosa ha llegado a ese punto en el que la separación duele. Porque nosotros también nos hemos acostumbrado a él. No es lo mismo no tener a alguien tan tierno en tu vida, sabiendo lo que ha sido y sabiendo cómo será sin él.

10 días no son muchos días. Pero sí son los suficientes, tras haber convivido y hasta haber hecho pis mirándonos las caras, como para darnos cuenta de que su paso inesperado paso por nuestras vidas será imborrable. Yo, que nunca había tenido especial interés en los perros, aunque siempre he sido una gran amante de los animales. Nosotros, que hace dos semanas seguíamos con nuestra rutina extrema de no parar de un sitio para otro, sin pararnos a pensar un poco en nosotros mismos.

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He aprendido muchas cosas teniendo a un perrito en acogida, tantas, que podría decir que este acontecimiento me ha cambiado un poco la existencia. Pero para ser breve y no convertir este texto en una pieza mística, diré que he conocido cosas que me han gustado y cosas que no; y que me he dado cuenta de algo que ya intuía, pero que ahora tengo claro.

Cosas que no me han gustado

Conocer la cara más cruel, inhumana y egoísta de las personas. Fue una odisea encontrar a alguien que nos pudiera echar una mano. No nos ayudó la policía y tampoco las protectoras a las que llamamos. Por si fuera poco, muchas de ellas nos disuadieron de llevarles al perro dadas las condiciones en las que iba a estar (al parecer, hay tantos perros que no caben, ¿en qué tipo de sociedad nos hemos convertido que maltratar y abandonar animales está a la orden del día?). Tampoco nuestro círculo de conocidos hizo mucho. De más de 500 personas a las que contactamos, tan sólo 20 contestaron, la mayor parte con excusas.

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La gente es muy clasista con los perros. Si el sujeto es de raza, la cosa cambia y mucho. Hubo varias personas que de hecho nos preguntaron si Fújur era un Yorkshire o no sé qué tipo de perro, y al decir que no, ya no estaban interesados (a punto estuvimos de preguntarles de qué raza eran ellos, pero pasamos de liarla). Puedo entender que te gusten más unos tipos de perros que otros, pero estando ahí la tremenda situación de tantas protectoras llenas de animales no comprendo por qué hay tanta gente que, teniendo la oportunidad, sigue sin optar por adoptar y salvar una vida.

No poder quedarnos con Fuyur. Habiendo intentado todas las posibilidades que teníamos, no hemos logrado quedarnos con el perro. Pero hemos aceptado la opción más generosa: encontrarle un hogar definitivo, con una buena familia y sin los constantes cambios que quizá hubiera vivido de haberse quedado con nosotros.

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Cosas que me han gustado

Conocer a gente que forma parte de ese 5% que hace que este mundo no se vaya al garete. Esas personas gracias a las cuales el planeta gira de verdad, y gracias a las que aún conservo esperanza en las personas (algunas, obviamente). Sobre todo, gracias Diego, gracias Marina, gracias Javi, gracias Fede, gracias Laura Ascaso, gracias Pilar, gracias Edgar.

Haber conocido a Fuyur. Me ha alegrado el día simplemente el bajarlo a pasear o, al llegar a casa, que viniera a recibirme, que se sentara a mi lado cuando hacía trabajos, que me hiciera monadas, que se tumbara conmigo. He disfrutado enormemente el conocerlo, ayudarle a confiar en nosotros y otras personas y a recuperar la alegría.

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Cosas que he aprendido sobre mí

Necesito vivir con animales. No estoy segura de tener eso que llaman instinto maternal, y tampoco sé si algún día tendré descendencia biológica o no. De todos modos, no es un tema que me preocupe y ahora mismo no es una de mis prioridades, y tampoco pasa nada. En todo caso, el futuro lo dirá.

De lo que sí estoy completamente segura es que en cuanto vea que tengo estabilidad económica mi casa será como la Pajarería de Transilvania, aunque los animales en lugar de zombies serán reales. Acogeré a las almas cándidas y peludas que pueda simplemente porque me llena, y creo que eso basta. Me da lo mismo si son cobayas, hurones, perros, ratones. Quiero tener animales conmigo porque me hacen feliz y porque sé que yo también les puedo hacer felices a ellos.

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Epílogo

Y ahora, ¿qué pasa con Fuyur? Pues el angelito hecho perro va a estar unos días de acogida con una vecina de Edgar y después, con su familia definitiva, que le podrá dar el hogar en el que sabemos que será feliz. Nosotros, por nuestra parte, podremos seguir sabiendo de él, o incluso visitarle algún día 

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